La niña de las agujas del número 3

13 años, tímida y solitaria, enhebra cada muerte por amor con sus agujas de tejer.

CAPÍTULO I



Por las frías y vacías pupilas de sus ojos se descolgaba un fino hilo de sangre. A sus inertes y finas agujas se aferraban los ojos de su víctima, ciegos; apagados. Eran como dos pequeñas cebollas desnudas; sin piel. Su doble trofeo despuntaba obedientemente clavado a su arma. Ambas destilaban aún densas gotas de la sangre caliente de su madre. El cuerpo yacía muerto a escasos metros de mí y a nimios centímetros de ella. Me ahogaba aquel ambiente incómodo; inédito en mi vida. El pánico me abofeteaba una y otra y otra vez, de izquierda a derecha sin cederme un resquicio de aire que me permitiera aferrarme a alguna reacción. Cuando conseguí disparar un par de neuronas por las carreteras secundarias de mi cerebro meramente logré dar un paso atrás, pero aún me invadía en exceso la torpeza. El terror impedía agilidad a cada uno de mis músculos. No me mecía con soltura en aquella habitación adolescente.
Examiné su presencia. Silenciosa. Ella permanecía de pie, sin siquiera pestañear, exponiendo con indiferencia su terrorífico acto; satisfecha en la neutralidad que emanaba su rostro. Era demasiado aterrador; ficticio. Parecía más delgada en la sombra, lejos de la luz de estudio que tantas tardes nos había cosido en cierta manera. Emanaba serenidad, y sin que ninguno de los que aún permanecíamos con vida dijéramos una sola palabra, mantenía las agujas a la altura de sus diminutos pechos, imperturbables, presas por sus anoréxicas manos. Atesoraba un pulso gélido; casi inerte. Y en su carné de identidad sólo había trece años de vida.
La misma Eva dulce y tímida que tantas tardes había oído reír con una suavidad infinita mientras escondía los dientes con las manos para esconder su aparato dental, acababa de cometer sin piedad el crimen de su vida. La misma que, cuando le explicaba la lección, posaba una de sus manos con suavidad en mi brazo. La misma que con mimo pelaba una manzana a media tarde y se la comía en pequeños trozos cortados casi de manera matemática. Era la Eva que un día sopló una vela de cumpleaños sobre una enorme magdalena de chocolate ante mí confundida mirada. Jamás vi en ella un mal gesto, un grito, un taco o un aspaviento de rabia, enfado o desprecio. Siempre me pareció una niña dócil, débil, sensible y feliz. Y sin embargo, en apenas cuatro minutos, había logrado clavar las agujas a su madre, desencajarle las pupilas y venir a mostrármelas con la sangre aún latiendo en el aire. Yo estaba allí, sin poder dejar de mirar la escena ni un instante. Únicamente la observaba. No me planteaba la razón de lo ocurrido. Tampoco las consecuencias del asesinato. Mi cuerpo permanecía de pie inquieto pero inmóvil. Me sentía atrapado en otra dimensión, muy distante de mi habitual realidad. Buscaba un fino hilo de cordura que me despertara, analizaba cada uno de los detalles de la escena en busca de la ficción que me aliviara, pero todo se enhebraba con total veracidad.
La puerta que separaba la habitación del pasillo permanecía abierta de par en par. Ella vestía sus habituales pantalones morados de pitillo, una camiseta verde que hacía mención a una ONG protectora del medio ambiente y sus zapatillas ‘converse’ negras. A su derecha quedaba la mochila de tela anaranjada que colgaba a su espalda, y de la que emergían aquellas famosas agujas del número 3. Con ellas tejía pequeños muñecos de lana que acumulaba en la habitación y aseguraba vender a sus compañeros de instituto. Yo tenía uno de sus muñecos, recordé de pronto al ver dos ovillos de lana de color rojo sobre una estantería. Lo había hecho idéntico a mí. Había logrado plasmar el color y la forma de mi rostro y mi pelo castaño alborotado. No había olvidado mis gafas para la vista, y me había vestido con una de mis habituales chaquetas de lana, una pantalones azul marino y mis zapatos marrones. Aquel entrañable regalo, de repente me horrorizaba.

Estuve a punto de decir su nombre en voz baja para sustraerla de la hipnosis, pero me abstuve. Eché un vistazo atrás. Caía la noche y apenas una luz artificial se colaba por la persiana. Dos libros de literatura, abiertos y luciendo fosforitos verde y rosa descansaban a mi espalda ignorando todo lo sucedido. Junto a ellos, bolígrafos de colores, un lápiz y un cuaderno a la espera de concretar la rima y medición de varias estrofas líricas. Ella continuaba enfrente, tan albina e introvertida. Sus pies se posaban sobre el parqué, junto a un extraño y libre riachuelo de sangre. Relajada e impasible, abstraída de la habitación que nos había unido por primera vez, dirigía la mirada al frente, desnuda de sentimientos.
Tenía que actuar. No podía permanecer más tiempo allí. Los minutos caían uno sobre el otro y nada acontecía. Sin embargo, cuando la adrenalina nubla la mirada y la sangre que se observa parece real; se resbala veraz por el parqué, e incluso huele a auténtica, uno actúa por impulsos, como en el sexo, sin lógica. Yo, que desde que alcancé mi madurez siempre me consideré una persona tranquila, fría, que prosperaba en la vida con los pies bien adheridos al suelo, midiendo con minuciosidad cada uno de mis pasos, pensando hasta tres o cuatro veces en las consecuencias antes de actuar, me veía desbordado por una niña de trece años. El gran aprieto se complicaba debido a que el extraño revolcón que me tenía mareado había arrancado hace meses. Aquel crimen había sido el gran centrifugado. Descolocado, una punzada en el estómago despertó mis nauseas, mi vértigo. 

Aceptar aquellas clases particulares y obtener una paga extra que me ayudara a pagar la letra del coche cada mes, me pareció entonces una buena idea. La amistad con su madre a través de una amiga me hizo decir que sí. Meses después, nada me parecía una buena idea. Mi Fiat Punto esperaba ansioso desde hacía diez minutos.
“No había marcha atrás”, pensé. Mi paso continuaba indeciso y huir iba a ser un difícil camino. Tendría que deslizarme entre Eva y su madre muerta, atravesar la escena del crimen, el charco de sangre que poco a poco era absorbido por la alfombra. “¡Qué demonios!” Sin lucha no hay victoria, dicen.  Aunque sin ella tampoco hay derrota; la cobardía volvía a abofetearme. Me gustaban mis ojos y también las gafas de pasta de 200 euros que compré con mi novia una tarde después de pasear por las Ramblas de Barcelona. Aquellos cristales con dos dioptrías y media los protegían, me enjuagaban la vista y me hacían una persona intelectual e  interesante. Si bien, a la niña le veía capaz de atravesar mi escudo ocular y alcanzar su objetivo. Aquella ejecución me parecía más espeluznante. Temblé.
Di un paso. Mi cuerpo crecía a su lado. Mi sombra aún era mayor sobre ella. Mi fuerza, sin duda, era instrumento suficiente para dar al traste cualquier intento de ataque. Di otro paso. Todavía sentía pavor. Me faltaba confianza, la que hace fuerte a cualquier ser humano cuando actúa como contrincante.
-Eva –susurré de manera involuntaria.
El silencio continuó. Apenas creí ver un espasmo en su rostro. Intuitivamente también di otro paso hacia ella; la salida. Ya podía oler su perfume a frambuesa, dulce, mezclándose con ese extraño olor a muerte. Me aferré a la silla que tantas veces hacía utilizado. “¿Podría utilizarla como arma?”. Su firmeza me otorgó una inyección de seguridad.
-¿Qué has hecho, Eva? –Pregunté elevando la voz olvidándome de los susurros. 
De inmediato se desplomó. La pared sujetó la caída. Su espalda se posó junto a una estantería repleta de libros. Su cuello también perdió el equilibrio convirtiéndose en una mera espiga de chicle, y acto seguido, la cabeza chocó feroz contra la pared. Sus dedos se volvieron inertes; frágiles, y con ello, las dos agujas sangrientas, junto con los dos ojos, se descolgaron y cayeron hasta hundirse en el suelo viscoso.
-¡Eva! –Grité.
Di dos pasos hacia atrás y dos hacia delante a una velocidad palpitante. Me agaché buscándole la cara. Ella, desde una ortodoxa posición, de cuclillas, pegada a la pared, alzó la cabeza y me clavó su furia en una inédita e inhumana mirada. Golpeó con las manos abiertas el parqué, la sangre explotó y una infinita lluvia rojiza nos embadurnó las miradas de sangre. Me retraje y ella comenzó a chillar.
-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio!
Sus lagrimas se unían con facilidad a la sangre de sus mejillas blancuzcas y el azote de terror, esta vez sí, aún oyéndola gritar, no me hizo dudar y huí.

La niña de las agujas del número 3

El 4 de octubre de 2009, comenzó la nueva novela 'On-line' ilustrada y por entregas del escritor y periodista Daniel Diez Crespo. Cada viernes hubo un nuevo capítulo.
'La niña de las agujas del número 3' ha contado con un total de 22 capítulos y ha narrado la vida de una niña solitaria e introvertida de apenas 13 años. Por amor, iniciará un peligroso camino que recorrerá sin pensar en las consecuencias. Sus agujas le arrastrarán hasta sus adversarios para convertirla en una joven asesina en serie, minuciosa y sin escrúpulos.
Actualmente esta historia busca un hueco en las librerías de este país. Si deseas leerla, pídela a danieldiezcrespo@gmail.com