La niña de las agujas del número 3

Tiene 13 años. Es tímida y solitaria. Enhebra cada asesinato por amor con sus inseparables agujas de tejer.

La muerte inesperada


El asesinato es un asunto de dos. De la persona que asesina y de la que es asesinada. No existe asesinato sin ejecutor ni ejecutado. El crimen perfecto vive en una cumbre de dificultad extrema. Siempre hay flecos deshilachados que dejan rastro, y otros permanecen ocultos en la manga de quien no sabe que perderá la vida. Son sus movimientos inesperados, desconocidos por el homicida, los que desdibujan cualquier estrategia. Las posibles actitudes del rival ante la muerte inesperada son las que dan al traste con la maquinación más sublime y precisa. Asesinar es una partida de a dos. Todo lo planeado puede deshacerse cuando la víctima logra una milésima de tiempo para pensar; actuar. Antes de matar, hay que sospechar cualquier posibilidad del contrario, por absurda que sea. Eva no lo hizo.
La niña de las agujas del número 3 no pensaba en las consecuencias de descender sin frenos por aquella desconocida espiral. La velocidad era excesiva, no llevaba protección y el raciocinio había desaparecido por completo en su primer crimen. Únicamente se valía del corazón, del odio, la ira y la fuerza. En este caso, el odio hacia ‘Almu’ fue de índole diferente, pero tenía que eliminar cualquier fleco que la relacionara con la desaparición de Silvia. Sin embargo, Eva vivió dos contratiempos inesperados. Almudena no fue la chica dócil que esperaba.

Volver a pisar la hierba despeinada, crecida, húmeda y fría, y salpicada de sonoras hojas, ofrecía excesivos escalofríos a Eva. Allí, de pie, sin mover un solo músculo y con la mirada vacía de pensamientos incómodos, se abrigaba tras regresar del desván en el que descansaba eternamente el cuerpo desfigurado de Silvia. El invierno oscuro comenzaba a asentarse en la ciudad con timidez. En la piel agrietada y descolorida de su primera víctima se acentuaban más las bajas temperaturas. Las estalactitas de hielo le crecían firmes a lo largo de su gesto desfigurado y ayudaban a conservar su muerte en buen estado. Su cuerpo seguía allí, inamovible; insensible, y con la sangre seca, dispersa, y mostrando charcos de espanto. No faltaba una sola de las piezas que una vez formaron un solo cuerpo. Eva observaba por inercia, sin aflicción. Bajó la tapa del arcón con fuerza, examinó con detalle las paredes que le rodeaban y salió al exterior.
Eva disfrutaba de dos galletas untadas de mantequilla. Permanecía abrigada con una bufanda que le cubría la barbilla, sentada en el respaldo de un frío banco de madera. El volar del aire afónico le sonrojaba la nariz. El pisoteo metálico del tren se repetía cada escasos minutos. Los coches arrancaban, aceleraban y desaparecían tras el primer cruce. Y Eva seguía quieta, mordisqueando su merienda.
Almudena fue mucho más puntual. Eva no se inmutó cuando creyó divisar su figura. No contempló la posibilidad de que aquel plan podría tomar cuerpo y empujarle con fuerza hacia una espiral con destino tenebroso. Si despertaba a tiempo, tendría que rebuscar la manera de frenar; reducir la velocidad homicida. Aquello había dejado de ser un juego. Nadie resucita de la muerte. El menudo cuerpo de trece años no buceaba en los recuerdos ni en su conciencia. Olvidaba; vaciaba los recuerdos terroríficos de su mente. Ni siquiera se planteaba que caminaba hacia el precipicio que pondría fin al trayecto vital de su amiga de infancia.
Sólo se levantó de su sitio cuando creyó que estaba lo suficientemente cerca. Alzó la mirada para volver a observar a ‘Almu’. Tuvo que pestañear. No venía sola. Hablaba con alguien. La miraba, sonreía e incluso llegaron a rozarse al andar. “¡Joder!”, masculló Eva. Eran dos mujeres, sin duda. Desde el banco miraba de manera intermitente y nerviosa. El pensamiento se le aceleró vertiginosamente. Demasiadas ideas, frases, palabras, pero todas le besaban deshilachadas y huían. Se levantó del respaldo, caminó con la decisión de huir, pero en ese instante, Almudena saludó con el brazo y fijó en sus labios una amplia sonrisa. De pronto, las dos figuras se detuvieron. Aún permanecían lejos. La incertidumbre aterraba a la niña. Sus manos aferraron con fuerza las asas de su mochila naranja. La testigo asesinaba la virginidad de la sospecha, y construir una alternativa no era fácil. Habría que suspender cualquier idea. Eva lo creyó así, y sin permitirse un pensamiento más huyó del encuentro.
Aquellos pasos esquivos bajo el frío crepúsculo de noviembre le parecieron eternos; pesados; imposibles de acelerar. Eran días caminando apenas unos metros; segundos. La voz sonó violenta a su espalda. Almudena desgañitaba su garganta ahogada. Su nombre era un eco siniestro con una pronunciación descuartizada por el frenillo piercing de la lengua. Eva se detuvo al tercer latigazo nominal. Miró atrás y observó como ‘Almu’ casi corría hacia ella. La niña quiso matarla allí mismo, atravesarle la nuez con sus agujas, pero se contuvo. Tampoco medió palabra. Almudena, exhausta, se detuvo levemente. La respiración le abofeteaba. Se recolocó el flequillo, se estiró la ropa y sonrió hacia la derecha.
-¿Quién coño era? –Clamó sin elevar en exceso la voz.
Almudena frunció el ceño, alzó los brazos con las palmas hacia arriba, como si éstas sujetaran dos bandejas, y encogió los hombros. Eva odió ese gesto. Digirió un pequeño escalofrío, pero no pudo evitar la arcada y vomitó un impulso repleto de odio. Aquella chica ya no era la niña que una vez le rescató del barro y le lavó las heridas de la rodilla. Aquella chica ya no era la que cada tarde le llamaba al timbre del portal para que bajara a jugar a la goma. Aquella chica no era la chica que le contó por primera vez su primer beso, justo antes de que el verano llegara y liquidara su amistad. ‘Almu’ era ahora una ‘espejito-espejito’. Y al final, Eva no pudo evitar la contención. Dio un paso firme hacia adelante y la tensión retenida empujó con fuerza a su cuerpo rival.
-¡Eres una zorra estúpida! ¿Lo sabes? ¡Una zorra estúpida! –Repitió alterada.
El enfrentamiento se difuminó. La mochila con sus dos agujas como rayos de luz, y la menuda niña, volvieron a caminar calle arriba. Almudena no pudo articular una sola palabra. Únicamente la vio alejarse.
La distancia entre ambas no llegó a ser eterna. Ocurrió lo contrario. Desapareció de nuevo por completo. Los aros de Almudena bailaron bajo sus lóbulos desbocados, los tacones caminaron inestables y el insulto escocía como si un gusano venenoso se retorciera por la herida abierta. La persecución fue brutal; un reto obligado. Y lo consiguió.
Las pequeñas manos no llegaron a tiempo. Huyendo del frío, no salieron de sus vaqueros. Los labios se le desdibujaron aterrados cuando un envite aterrizó de improviso en su espalda. Sus ojos se abrieron presos del pánico y la acera creció hasta emborronarse. La palabra zorra golpeaba al aire una y otra vez. En su labio y nariz irrumpió una quemazón horrible. Le nacía sin anestesia un enérgico dolor en la piel. Y por el interior de su nariz fluía un pequeño hilo de sangre. Las lágrimas también despertaron. Apelotonadas en los párpados deseaban explotar en mil pedazos. Los zapatos de ‘Almu’ aparecieron a la altura de sus pupilas. Cada segundo más arrepentida, pero su cerebro le pedía paciencia una y otra vez.
Cuando Eva se puso de pie, el rostro de Almudena se acobardó. La sangre que tenía en su labio superior no era el resultado que ella esperaba. Eva extrajo un pañuelo de papel de la mochila. Le temblaba la mano, y con cuidado y lentitud, se limpió.
-Lo siento, no era mi intención…
Eva quiso asesinarla allí mismo. Quiso que sus agujas le desgarraran la piel milímetro a milímetro hasta que sólo quedaran a la vista sus músculos, tendones y venas. Las uñas habían dibujado pequeñas medias lunas en la palma de sus manos. Miro a izquierda y derecha. Sólo viento, soledad y hojas inquietas. Finalmente, tras sentir un ofensivo dolor en el labio, musitó.
-No debí llamarte zorra. –La rabia le ardía las entrañas- Silvia estará esperando, vamos.
Almudena no dijo una sola palabra más. Avergonzada por la herida abierta, siguió la estela de Eva a escasos dos metros. Cabizbaja, quiso volver a pedirle perdón, abrazarla, besarla, curarle la herida día a tras día, pero no dijo nada. Nadie dijo una sola palabra. El camino se hizo largo, denso y frío. Cuando la puerta metálica creció ante ellas, la niña extrajo unas llaves de la mochila. Abrió el candado y empujó con fuerza. Parecía pesar toneladas. La hierba, sometida,  denotaba que había habido un movimiento reciente.
-¿Es aquí? –Preguntó Almudena dudando entrar-. ¿De quién es esta casa?
-Se paciente –abrevió Eva, que sonrió su boca herida e invitó a pasar.
Bajar las mismas escaleras que recientemente había ascendido en soledad, satisfecha y tranquila, le resultó paradójico. Ahora las descendía nerviosa, con el enojo congelado en su corazón y sin un plan concreto. Sólo quería que su ira actuara. No iba a permitir que sus ideas más cerebrales tomaran parte en aquel combate.
-¿Qué es esto? –Volvió a insistir ‘Almu’, esta vez tomando distancia y dubitativa.
-El desván –resumió la niña.
-¿Está ahí abajo Silvia? –Preguntó desde lo alto de la escalera
No hubo respuesta. Cuando llegó abajo, encendió una menuda luz que tomó fuerza muy poco a poco y se desenfundó la mochila. Decidió sentarse en el suelo, cruzar las piernas, y extraer sus luminosas agujas y un pequeño ovillo de lana negra.  Cuando las piernas de ‘Almu’ aparecieron por el pasillo, Eva giró la mirada levemente, sonrió, notó que uno de sus braquets podría estar suelto y se lamió las encías. Acto seguido extrajo un ovillo verde.
-¿Qué haces? –La chica ‘espejito-espejito’ caminaba temblorosa, ridículamente nerviosa. Se subió la cremallera de su cazadora hasta la barbilla y dio dos pasos más hasta que pudo colocarte frente a Eva- ¿Dónde está Silvia?
-Busca.
-¿Qué?
-¡Qué la busques, joder! –La orden la arrojó sin levantar la vista; sin pestañear; sin un mínimo gesto.
-¿Es un juego? –Inquirió con tono vacilante.
-Tal vez…
Eva continuó absorta en su tejido. Oyó murmurar, pero no escuchó. La oyó caminar, pero lo ignoró. La paz bebía a tragos largos la ira que le pellizcaba en el labio cada tres segundos. Mientras, hilaba un menudo triángulo negro que, sin duda, pronto tendría forma de zapato. Almudena se quedó observando aquel habitáculo, todavía tenue. Iba a aceptar el juego pese a lo extraño del mismo. No veía a Silvia organizándolo, pero quería llegar al final de aquel inexplicable acertijo.
El desván se disfrazaba repleto de herramientas. La mayoría dormían colgadas en las paredes. Había sierras de infinidad de tamaños, azadas, palas  y rastrillos, escobas y varios cubos metálicos de gran tamaño. También había una guadaña en una de las esquinas. En una de las paredes había un pequeño corta césped y también una manguera estrangulada y dominada por densas telarañas. Vio varias cajas apiladas sobre estanterías de madera, una de ellas, seguro que llena herramientas. Divisó pequeñas cajas de zapatos en una esquina lóbrega, y junto a ellas, un pequeño motor que no supo su utilidad.
-¿Está aquí?
Eva no respondió. Sus muñecas habían logrado desentumecerse del frío y maniobraban a gran velocidad. El hilo subía y bajaba en pequeños círculos y pasaba de ser un mero fleco huérfano a convertirse en un pequeño lazo hermanado que germinaba aquel zapato de lana. Almudena rompió el silencio con un “¡No puede ser!”. Miró a Eva, pero al ver su abstracción no quiso acercarse. No sabía cómo actuar. Dudó si irse. Estuvo a punto, pero entonces comprendió que el único lugar en el que Silvia podía esconderse era en uno de los cuatro arcones que había al fondo. Le parecía absurdo, una verdadera gilipollez esconderse allí para darle una sorpresa, pero quizá aquel juego, teniendo como protagonista a la ‘pinchitos’ podría ser.
-Sois imbéciles –Le dijo ‘Almu’ con una mirada victoriosa-. ¿Me escuchas?
Eva siguió sin inmutarse. El primer zapato aparecía perdido entre sus piernas. El segundo comenzaba a tomar vida. Almudena apretó la mandíbula, entrecerró los ojos y volvió a susurrar algún insulto mientras se acercaba con decisión a los arcones, donde la sombra se hacía fuerte.
-Está aquí, ¿verdad? –Insistió posando el brazo sobre el primer arcón- ¡Silvia…! ¡Te voy a encontrar…!
La tapa del primer arcón estaba pegada, pero ‘Almu’ puedo levantarla con fuerza. No había frío, sólo oscuridad y polvo. Tosió y la dejó caer. Se alejó siguió tosiendo y volvió a mirar a Eva, que a lo lejos había soltado el segundo zapato y tejía ahora con el ovillo verde.
-¡Estáis como una puta cabra, joder!
Almudena no vio que el segundo arcón estuviera encendido. Tampoco detectó el calor que desprendía. Jamás hubiera imaginado encontrar lo que había en el interior. Fue como una cuchillada por la espalda que sorprende al corazón y no puede seguir latiendo. Como un palo que se cruza por los radios de una bicicleta y accidentan el rodar sosegado. Levantar aquella puerta, sentir que el vaho del frío le castigaba la nariz, y que tras disiparse la neblina, la imagen de Silvia yacía allí, tal como imaginaba, pero no tal como creía, le detuvo la respiración. La mandíbula se le descolgó de la cara y emitió un desgañitado grito afónico. Eva sufrió una sacudida al instante, como su fuera el eco de su voz. Sus agujas se detuvieron, enfrentadas, besándose punta con punta, luciendo ante la vacía mirada oscura de la niña. El cuerpo menudo de su amiga de infancia había levantado la tapa del arcón hasta la pared. No movía un músculo. Únicamente observaba la realidad de aquella muerte inesperada. Analizaba con detalle el desfigurado y descosido y desordenado cuerpo de la amiga que le había enseñado a fumar un pitillo. Una lágrima se le derramó por la mejilla. Tras ella, un temblor se le disparó en las piernas. El estómago se le anudó con fuerza y una náusea llamó a su cerebro. Otra, y otra más. Gimió y empezó a sollozar con suspiros entrecortados, esperando despertar de aquel sueño. Quería una respuesta pero no quería preguntar. Deseaba unas palabras pero no podía emitir sonido. En ese instante, cuando tampoco lograba quitar sus ojos del cadáver y tenía decidido retomar la vista atrás, Eva le respiró en el cogote. Ambas, sin mirarse, supieron de su presencia; tan próxima. La aguja plateada de su mano derecha estaba en lo alto, a escasos centímetros del cabello de Almudena. Su menuda mano la agarraba con tanta fuerza, que cuando explotara la ira retenida, sabía que tardaría en detener la frenética acción. Sin embargo, cuando la sangre tenía que empezar a salpicarle en la cara y el dolor emitir sus aullidos más insoportables, el imprevisto tomó protagonismo y ‘Almu’ jugó sus cartas. El relejo blanquecino del arcón desveló las intenciones de Eva.

La punta no llegó a hundirse en la piel de su amiga. El segundo cadáver esquivó el primer ataque. Eva hirió al aire; al vacío, porque en el preciso instante en el que la nuca iba a sufrir la primera incisión, los pies de Almudena quebraron su posición. Eva volvió a tropezar con la nada.

El dedo en la llaga


 Aquella sombra se había desdibujado. Casi nada quedaba ya de la niña que, hace años, le había enseñado a ilusionar animales utilizando las sombras y sus manos. Nacían y morían en aquella pared del barrio grisácea y con desdibujados trazos de tiza. Eva observó que sus piernas se habían estilizado, sus caderas aún estrechas, ensanchado, y sus pechos, engordado. Sus pies se inclinaban doloridos por los zapatos de tacón. Eran verdes. Vestía una minifalda vaquera, medias negras y una camiseta blanca que hacía mención, en inglés, a su novio. Permanecía seria, sin pestañear, con la seguridad de esconder un conocimiento; una pista. Y al mismo tiempo, con el miedo de lo desconocido. Sabía que tras la pista había un tesoro, una respuesta, pero descubrirlo también podría desanudar consecuencias apocalípticas.
Eva ignoró la presencia y siguió tejiendo. La densa sombra atravesó su círculo inexpugnable. Introdujo uno de sus zapatos bajo los brazos de Eva, y con una sutil patada le golpeó en una de las muñecas. La aguja izquierda se soltó de la mano, voló y aterrizó a escasos metros en el césped. Una fina lana serpenteaba entre la hierba.



Las cicatrices en la piel nunca desaparecen. Tan sólo la magia de la cirugía las asesina. Lo que no elimina el quirófano es el origen de las heridas; los recuerdos, el suceso que las provocó. El pasado desfila libre por nuestro cerebro y nunca desaparece. Dormita, pero no muere. En cualquier momento, una palabra, un gesto, un recuerdo, una mirada, lo resucita. Somos presos del pasado, de nuestros hechos, y cuando la incorrección se hace amigo de la conciencia, éstos se fortalecen hasta la inmortalidad. Incluso envenenan el estado anímico. Cicatrizar esas heridas lleva tiempo. A veces se infectan, hay que descoserlas, desinfectar y volver a curar. Si bien, los puntos de sutura nunca desaparecen.
A Eva, semanas después, las fotos de Silvia acorralándole en decenas de postes, paredes y cristaleras le descosían la herida una y otra vez. La conciencia le infectaba los latidos de su corazón, y además, era incapaz de olvidar aquella sangre viscosa pegada a su piel. La sombra, ahora, se había encargado de introducir el dedo en la llaga. Su mirada escocía. Que hubiera ultrajado su entorno, su mundo y le hubiera desarmado, le hinchó de odio. Deseó que la hierba se convirtiera en una cama de clavos, y la nimia distancia entre ambos fuera una lengua de fuero que le abrasara. Pero en aquel ambiente otoñal, donde las voces bailaban demasiado lejos en un patio de instituto, ellas dos mantenían silencio. La guerra helaba. Eva miró a la sombra. Examinó su cara; la escupió; la mordió. Luego buscó la aguja. Apretó con rabia la otra fina y afilada espada. Soñó con la libertad de asesinarla, de agujerearla allí mismo como una tormenta que taladra las calles. Sin embargo, sólo rió. Almudena ni pestañeó. ‘Almu’ ya no era la niña que le enseñaba a hacer animales con las sombras y sus manos.


Tejer para Eva era su vida. Así me lo explicó una tarde durante una de las clases particulares. Yo, sin embargo, no podía comprender que aquella pasión le entretuviera tantas horas alejada de la realidad. El tiempo se le detenía. El mundo a su alrededor desaparecía. Y entre sus manos, en su regazo, brotaba una pequeña figura de lana con vida propia. Así lo aseguraba ella. No es que pudieran andar, sentir, gesticular o hablar. Pero cada muñeco siempre era único, y en ellos, Eva ponía una gota de su alma para contagiarles con un pequeño elixir vital.

Aquel lunes de noviembre, la ciudad estaba revoltosa. Yo tenía tres cervezas en la cabeza. No había podido evitar la última invitación. La madre pagó y me acompañó a casa. Esas cervezas eran el agradecimiento por todo lo que había hecho por su hija. Nos acompañamos de unas patatas bravas con una salsa exquisita, y la madre, cuando recogía el cambio, advirtió, “repetiremos”. Aquella propuesta sonó demasiado indecente para lo inocente del acto.
La casa no ofrecía el silencio habitual de una tarde de lunes. En el cuarto se oían voces, risas. El pasillo tenía la luz encendida. Eva tenía visita. En la misma entrada dudé. Miré a la madre y me ofrecí a dar clase otro día, opción que, con las cañas aún latiéndome en el cerebro, hubiera aceptado de buen agrado. No obstante, la madre me arrastró hacia la habitación sin miramiento alguno.
-¿No te asustarán a ti unos pocos jóvenes? –Ironizó tras el último empuje.
Quise responder, pero cuando giré la cabeza, ella se servía un vaso de agua en la cocina.
Eva apareció ante mis ojos, sentada en su escritorio. A su lado había un cofre de lanas de diversos colores. Entre sus manos, un cuaderno, y entre sus pies, las dos agujas. En la cama, conversaban relajados dos jóvenes. Sin duda, eran del instituto. Reían; charlaban, si bien, mi aparición escindió toda calma y placer de raíz. La soltura fue engullida por la timidez. La chica de pelo rizado color zanahoria se levantó de la cama y buscó un rincón protegido. El chico rubio escondió la mirada mientras mantenía su posición sobre el colchón. Observé la situación, y lo que me despertó el interés no fueron los jóvenes, sino la decena de muñecos que reposaban sobre el oscuro nórdico.
-Tengo clase –explicó Eva tras unos segundos.
-Lo siento, chicos –murmuré sin moverme de la puerta.
La chica zanahoria sonrió pícara y me curioseó con delicadeza. El chico rubio se levantó como un muelle al que hubieran liberado de su presión, pero no llegó a mirarme. Ambos hicieron el ademán de despedirse de Eva. Tensos, fríos y torpes. Interrumpieron su salida inicial porque tuvieron que recoger unos olvidados muñecos. Yo terminé la escena con un vago hasta luego, justo cuando caminaron a escasos centímetros de mis zapatos. Después, nos miramos, pero tardamos en decirnos una sola palabra. Yo decidí romper el mutismo.
-Cuántos, ¿no? –Me detuve junto a la cama y observé con detenimiento la colección- ¿Los hiciste todos tú?
-Sí… Es mi pasión.
-Y, por lo que veo, los vendes, ¿no? –Señalé con la mirada los dos billetes de diez euros que reposaban entre sus dedos.
-Sí… Me piden en clase.
-¡Vaya! Toda una empresaria –bromeé.
Caminé hasta la silla, dejé mi carpeta sobre la mesa y regresé hasta la cama. Los conté. Habría unos veinte.
-Tengo más –añadió con orgullo-. Y tendría más de no haberlos vendido.
-¿Puedo? –Consulté acercándome a coger uno.
Ella afirmó con un leve sí, manteniendo en todo instante su posición inicial. Cogí un chico con gorra, de ropa colorida. Era un claro estereotipo a mucho de los jóvenes de instituto. Lo posé con cuidado y recorrí el resto con la mirada. Había animales: un mono, un perro, un elefante, un pulpo e incluso una ballena. Me encantó una niña de pelo corto que bien pudiera haber nacido en los años sesenta, la que parecía Marilyn Monroe o el cocinero. También había un bombero, un buzo, un futbolista y una estrella de rock.
-¿Eres del Atleti? –Pregunté con el futbolista entre los dedos.
-No ofendas –reprochó con media sonrisa-. Me lo pidieron en clase, pero el idiota nunca lo quiso pagar. ¿Te gustan?
-¡Increíbles! –Asentí sorprendido-. ¿Y ésta?
La muñeca yacía apartada, en el fondo de una caja, y tenía la cabeza deshilachada, pero unida por una final lana roja. Sin duda, estaba muerta. En su pierna tenía sangre y la ropa estaba tejida de tal manera que también mostraba pequeñas manchas rojizas.
-Tiene la cabeza cortada –aclaró indiferente.
-¿Por?
-Me gusta lo tétrico… -Me miró con firmeza, se levantó y me la arrebató de las manos- Creo que será un filón comercial, como hace Tim Burton.
-Ajá…
Me quedé abstraído, mirándola; extrañado por sus palabras. Eva acariciaba la melena de esa muñeca. Su cabeza quedaba descolgada a la altura de su cintura. Mantuvimos un silencio. Seguí observando con detalle, pero Eva miraba únicamente a su muñeca.
-¿Quieres uno?
-¿Cómo?
-Si quieres un muñeco. Te lo hago igualito a ti –aclaró con una amplia sonrisa.
-¿No harás vudú con ellos?
-¡Qué imbécil! –Soltó sin pensar con esa sonrisa nerviosa e infantil que siempre cubría a la perfección sus braquets.
-¿Y sabrás?
-Me vuelves a ofender –gruñó-. Iker y Julia se llevaron uno iguales a ellos. ¿No los viste?
-No, lo siento –Me disculpé.
Nos miramos a la espera de una nueva frase que rompiera el silencio. De fondo se oía un televisor. Lejos, en el salón. Y fui yo quien disparó. Tal vez por las cervezas, lance una absurda insinuación.
-Era tu novio, ¿verdad?
-¡Qué!
-El niño rubio –aclaré dudando si continuar-, ¿no? A tu edad ya tenéis… El nerviosismo me quemó el paladar y mis manos perdieron su lugar; su seguridad.
-¿No te gusta? -Insistí
-¡No…! –Respondió con rotundidad.
-¿Ningún chico?
Las palabras quedaron en el vacío; desorientadas. Eva me miraba sorprendida por escucharme; expectante. Finalmente, habló.
-A veces creo que nací en otra época, Mark –se arrancó mirando al frente- que hubiera nacido hace años, pero que por alguna puñetera razón alguien me hubiera colocado a estad edad y en esta fecha en un instituto. No soy como los gusanos de clase. Todas están locas porque se la metan…
-¡Eva! –Exclamé.
-Tú las has visto, Mark –increpó- ¡Te atacan!
Me quedé analizando el gesto de su cara, que sin duda, esperaba mi afirmación. Yo miré los muñecos, nervioso por la precisión de sus ojos. Su menuda figura permanecía en idéntica posición. Sus vaqueros, sus calcetines rojos y su camiseta blanca con un pez de ojos enormes. Su flequillo aparecía más elevado de la habitual, lo que liberaba su mirada; profunda e intensa; deseosa de seguir allí. Caminé hacia mi silla, abrí la carpeta y noté que me seguía observando. Cuando puse sobre el escritorio los apuntes, creí que sus pupilas estaban congeladas.
-¿Entonces quieres uno? –Insistió.
-¿Cuánto cuesta?
-A ti nada. –Sonrió, cogió las agujas del suelo y la tiró sobre los muñecos- Por la herida que te hice.
Me miré la mano y observé la cicatriz. Aún yacía sobre mi piel. 




La hierba no oscureció. La sombra tampoco desapareció. Eva seguía allí, mirando a Almudena, la niña que se hizo mujer en un verano. Tras el recreo todo había terminado en un “luego hablamos”. Entonces, Eva recogió sus agujas con desparpajo y desagrado, se colgó la mochila en los hombros, y fue desapareciendo de su vista poco a poco. “Almu” le llamó por su nombre a voces, e incluso llegó a perseguirla unos metros, sin embargo, el menudo cuerpo de Eva avanzaba más veloz. Subió unas escaleras, abrió la puerta acristalada y metálica del centro y se convirtió en una sombra borrosa entre el nervioso alumnado.
El timbre repicó a última hora de la mañana con la idéntica fuerza que en días anteriores. El silencio estalló; murió, y las voces fusilaron con total descontrol todos los pasillos. Eva se despidió de Julia. “Tenía prisa”, alegó. ‘Almu’ le miró de reojo desde la esquina de clase y persiguió su estela tras varias mochilas. El césped les esperaba de nuevo. Idéntica posición. La niña desenfundó las agujas y tejió. Ambas, entre sus dedos, eran su defensa. Almudena llegó tres minutos más tarde. Se detuvo a escasos centímetros de las ‘converse’ negras y empujó la cabeza hundida de Eva hacia atrás para que levantara la mirada.  
-¿Qué?
-Tengo el secreto –lanzó sin cesar de tejer-. Pero no puedes contárselo a nadie.
-¿De qué hablas? –La pregunta emergió amenazante.
-De Silvia… ¿No preguntabas por ella?
Eva parecía divertirse. Se recolocó en la hierba, examinó el paseo que alejaba a los alumnos del instituto y regresó al rostro torcido de ‘Almu’. Aquel gesto no le favorecía.
-Cuenta –pidió.
-Sé dónde está Silvia –musitó con recelo, vigilando cualquier gesto, cualquier emboscada, alguna sospecha.
-¿Qué? –El rostro de Almudena se desencajó como una mandíbula muriéndose por los efectos de la cocaína.
-Fue idea suya –continuó tejiendo a menor velocidad-, pero si quieres que te lo contemos tendrás que aceptar nuestras reglas.
Almudena se arrodilló. Sus pupilas se emborronaban por la ausencia de pestañeo. Miraba atrás, en busca de un amigo, una amiga, pero no había sospechado nada de aquello y estaba sola. ‘Las espejito-espejito’ estarían ya en la higuera, fumando a escondidas tabaco de liar y costo barato, riendo y charlando de las trivialidades que regala la adolescencia. Cogió a Eva del brazo con fuerza, pero ella no detuvo sus agujas, que seguían hilando. Almudena le brindó excesiva seriedad y le escupió el aliento en la mirada.
-¿Qué tengo que hacer?
Eva, al fin, detuvo el movimiento de sus muñecas. La lana se enredó entre sus dedos. Encumbró la mirada sobre sus ojos y ofreció miedo. Nunca creyó que aceptara aquella absurda idea. Sin embargo, sí, Almudena había decidido descubrir el desfigurado paradero de Silvia.

Las heridas de un crimen


Hacía años que no pisaba aquella casa. La última vez, tenía nueve años. Recuerda que su padre le llevaba todos los veranos en aquel viejo escarabajo destartalado por una vieja de carretera de curvas en la que el frondoso paisaje acababa mordiéndoles con decisión durante el final de trayecto. Desde que él murió, su madre y ella no regresaron. Eva no había vuelto a pisar aquel jardín. Enjaularse en aquella casa le embriagó de tristeza. No había vuelto a balancearse en aquellos columpios domésticos, ni a zambullirse en la piscina, que ahora, vacía, ofrecía la pintura descorchada, algunas ramas y hojas secas, así como restos de basura. El césped, descuidado, también anochecía ahogado por un gran volumen de hojas. La puerta metálica, por el frío, la lluvia y la nieve, había perdido el color ocre que su padre le había otorgado una mañana de agosto. La soledad era la dueña en propiedad de aquella finca.
Eva tenía frío. El tren de cercanías le había dejado demasiado lejos. La azotaban los nervios y un extraño temblor  en las rodillas que le hacía dudar. En media hora aparecería Silvia, ilusa, maquillada, despampanante, de sábado, y con la idea de disfrutar de una velada con Mark. La inocencia de la juventud posibilitaba en engaño. La zorra se deslizaba, vendada de ojos, y atada de manos y piernas, hasta la mentira más delicada de su vida. En esta ocasión, nadie le esperaría al finalizar el tobogán para que sus dientes evitaran hincarse en el barro.
Sintió que la mochila le quemaba en la espalda. Las agujas, por primera vez, no disimulaban su osadía. Brillaban tras su cabeza; desafiaban al cielo, que avergonzado, se escondía tras el grisáceo de unas densas nubes deseosas de llorar. Las dudas frente a lo desconocido azotaban en una constancia inevitable. Paso arriba, paso abajo; la zozobra cosquilleaba. Mientras, la niña de los zapatos rojos, la de las revistas juveniles repletas de chicos con el torso descubierto, la del ‘Ipod’ verde, su peinado lacado y el pendiente en el labio superior, seguía sin aparecer. Durante minutos, fue Eva la que se creyó una crédula incoherente. Y a aquel escenario de soledad, únicamente interrumpido por escasos y desconocidos viajeros de tren, se anudaba la posibilidad de la compañía planeada. La seguridad de Eva se inquietaba. La venganza, al acercarse a escasos centímetros de la realidad, crecía hasta ser una sombra monstruosa. ¿Cómo hacerle frente?
Oír el nombre de ‘Mark’ en su lengua perforada le avivó los celos. Esa sonrisa embelesada, la mirada seducida y el ‘chichi’ lacrimoso le envenenaban la piedad. Y el deseo espesó en su corazón cuando fue el propio profesor el que sonrió por ella. “Una chica simpática, graciosa, sí, viene a consultarme de vez en cuando…”. Las palabras acribillaban sus venas una y otra vez como una ametralladora atascada por un eco infinito. “Una pena que tenga tantos pájaros en la cabeza”, concluyó con una petulancia paternal que retorció por completo el gesto de Eva. Sus uñas se le hundieron en la piel al tiempo que veía como pájaros le picoteaban el cabello. Diez minutos después finalizó la clase. “Tengo que tejer”, alegó.   

El viento soplaba con desgana y la temperatura desfilaba robusta alejando al ser humano aún del otoño más invernal. Su aparición fue inconfundible a los ojos de Eva, que al ver su figura, sufrió un agrio latigazo en el pecho de su corazón; acelerado; atropellado; turbado. Vaciló, dudó y agachó la cabeza a la espera de tenerla cerca. Dio un paso atrás, dos y regresó. Entonces, oyó su nombre en diminutivo y encarcelado en una voz nítida, estridente, desagradable pero jovial. Le hirió la confianza.
-Ya creí que no ibas a estar, tía. Decía, a que todo va a ser una broma… -Sonrió muy nerviosa, tocó a Eva y se atusó el pelo- Por como te hemos tratado y eso, ¿sabes? Me alegro de que estés.
-No se lo has dicho a nadie, ¿verdad?
Eva no cruzaba la mirada con ella. De hecho, había comenzado a andar, preocupada por el paso de los minutos y la realidad.
-¡No… tía! ¡Prometido!
Silvia se besó un anillo dorado que dormía en su dedo corazón, sonrió y le guiñó un ojo torpemente. Eva expuso una sonrisa artificial y aceleró el paso declarando que llegaban tarde. A Silvia, que aún llevaba el ‘Ipod’ colgado, le costaba seguir el paso. La ‘espejito’ no cesaba en su conversación. La excitación le obligaba a expulsar palabras. No debía de soportar el silencio y hablaba de clase, compañeros, música, del entorno, de su bolso nuevo, e incluso preguntaba a Eva, que sin embargo, no contestaba. Apretaba los labios, sonreía y encogía los hombros queriendo expulsar un “no sé, tal vez”. La niña, que veía la sombra de sus agujas en la acera, ascendía la cuesta que le llevaba a su casa con la razón de aquel encuentro golpeándole en el corazón. Los propósitos, bien cimentados en su origen, comenzaban a desvanecerse como un castillo de arena peinado por el viento.
La puerta metálica de ocre despuntaba al fondo. Silvia insistía en su batería de preguntas, sonrisas y gestos. Eva respondía con un escueto y desganado, “ten paciencia, chica”. Sin embargo, la chica engañada no disimulaba su ansiedad. Extrajo un chicle, ofreció a Eva, que rechazó la invitación, y comenzó a masticarlo a gran velocidad.
La idea de matar se desdibujaba compleja en su cabeza. Las razones de matar se disipaban como el deseo sexual masculino tras una eyaculación. Y cuando la verja dejó de ser una mancha borrosa, Eva sintió que las agujas le ardían en la mochila; que el fuego la descosía. La culpabilidad centelleaba como el fuego en su cabeza.
La puerta chirrió. La soledad de ambas fue interrumpida por el furioso motor de un BMW que aceleraba cuesta arriba. Silvia miraba a un lado y a otro, sin duda, buscando la figura de Mark; inexistente. Sus zapatos de tacón se hundieron en el césped. La sensación le hizo sonreír, estúpida y nerviosa. Eva le invitó a pasar, respiró profundamente, volvió a cerrar la verja y arrojó un crujido idéntico. A su lado continuaban los comentarios de Silvia, en esta ocasión, acerca de la casa. La niña se descolgó la mochila, caminó hasta el porche y allí en el césped se sentó. Aquel gesto descolocó a Silvia, que tardó minutos en reaccionar.
-¿Qué haces, tía?
-Tejer… -Respondió sin apenas prestarle atención.
Silvia comenzó a untarse los labios con un cacao de purpurina.
-¿Y Mark? –Insistió desconfiada.
-Llegará, tranquila.
Eva no sonreía. Entre sus manos sostenía aquellas dos agujas afiladas, a las que ya se había unido una lana rojiza, idéntica al color de los zapatos de Silvia.
-No será una broma… ¡joder! –Se exasperó ante la pasividad de Eva- Es una broma, ¿verdad? Te juro que si lo es…
-No lo es –zanjó mientras continuaba hilando.
El móvil de Silvia, fucsia y blanco, salió de su bolso. Eva, en ese instante, sí levantó la mirada, nerviosa y recelosa por lo que fuera hacer. Sin embargo, ella sólo miró la hora y volvió a guardarlo.
-Tía, te juro que si es una maldita broma no volverás a querer pisar el instituto –Se dio media vuelta y caminó despechada, sin rumbo.
Los minutos pasaron. Eva continuó tejiendo. Silvia paseando. Si bien, al final del final, pero del principio, la paciencia estalló y se cristalizó como si una piedra golpeara con ira la ventana que la protegía. La lluvia de furia cayó, y escupió con rabia después de que Silvia, en incontables ocasiones, hubiera mirado el móvil, y la verja en busca de la imposible presencia de Mark. Sus zapatos, torpes pero veloces, se acercaron por el césped descuidado. Eva tejía; concentrada. Ya había tejido unos zapatos y unas piernas blancuzcas.
-¡Es mentira! –Le gritó por sorpresa a dos palmos- ¡Maldita niñata de mierda! ¡Te has quedado conmigo! ¿Verdad?
El silencio soplaba en forma de viento. Durante esa pausa no hubo un gesto más por ninguna de las dos. Únicamente tensión etérea.    
-¡Me piro! –Amenazó.
Eva siguió sin pestañear. Como si aquellas palabras aulladas fueran un sueño y no pudiera hacer nada más que dormir despierta, enjaulada en aquellas palabras viscerales.
-¿Me oyes? –Desesperó.
Pero no hubo respuesta. Silvia se acercó, insatisfecha con aquel mutismo por respuesta. Se colocó de cuclillas, hundiendo sus rodillas en la hierba, la zarandeó y le levantó la cabeza sin conseguirlo. La niña no detuvo su labor.
-¡Qué me escuches, joder! –Chilló.
En ese instante, la desesperación enloqueció su enajenado estado. El vacío, la noche, la calma y el miedo impulsaron en ella un desconocido instinto más visceral. Sin tiempo para especular, su brazo cogió impulso y la abofeteó. El sonido contrastó como un ruido en aquel sosiego. Sin embargo, la fuerza no llegó a torcer su cara blancuzca. Silvia repitió, y de inmediato, al ver que sus dos sopapos no interrumpían la incesante actividad, se lanzó a arrebatarle las agujas. Los ojos de Eva sufrieron un espasmo; despertaron como de una pesadilla. Fueron dos fogonazos, como si alguien le hubiera pellizcado. La fina espada de su mano izquierda maniobró, se hinchó de ira al verse interrumpida, y con una fuerza inhumana, disfrutando del gesto asustadizo de Silvia, la lanzó al pecho para hundirla en su corazón. La sangre, como un hilo rojo; herido, se deslizó por su ropa. El grito seco y mudo y el gesto horrorizado de Silvia detuvieron el tiempo. Eva trazaba en su rostro unos labios joviales. Su muerte era cuestión de minutos. La venganza se desangraba en el jardín. 



A Eva no le costó repetir la acción. No pensaba en ella, sólo deseaba hacerla. Con saña y cólera extrajo la aguja y volvió a pincharla con idéntica ira, desenvainó de nuevo y clavó. Así una y otra vez, y otra vez. La sangre salpicaba tras cada punzada, y la vida desaparecía tras cada herida. La respiración de Silvia se agotó. Eva se detuvo exhausta y el cadáver se derrumbó.
Arrastrar el cuerpo al desván y descuartizarlo fue un juego. La cabeza era real, los huesos excesivamente duros, el peso elevado y el olor desagradable. Sobre aquel escenario terminó su pequeño muñeco. Lo tejió descuartizado, sangriento e idéntico a Silvia. Sonrío extremadamente feliz al sostenerlo entre sus manos. Después, limpió, enchufó el arcón y escondió el cuerpo. El tiempo lo congelaría todo.


La ausencia de Silvia tardó apenas dos días en aparecer en el Instituto. Los carteles comenzaron a colgarse de las columnas, en los árboles, en pasillos, farolas, marquesinas de autobuses… La foto hacía bastante justicia a la realidad. Bajo la imagen, un texto con la descripción exacta de la ropa que llevaba aquella tarde y varios teléfonos de contacto. Las lágrimas emergieron entre muchos compañeros y profesores, y los medios de comunicación tomaron el patio. Cámaras, micrófonos y palabras de deseo de volver a ver a Silvia con vida, que desde hacía dos días no había vuelto a casa. Organizaron equipos de búsqueda, pero la desaparición en aquella ciudad complicaba concretar cualquier inicio de rastreo. No obstante, se hizo. Fueron muchos los alumnos que rastrearon los alrededores de su barrio colgando fotos en postes, paredes, comercios, autobuses…
Los telediarios también se hicieron eco de la noticia. Algunas de las ‘espejito-espejito’ aparecieron hablando ante las cámaras, e incluso Gorka, el último novio de Silvia, que pronto se convirtió en el principal sospechoso.
En el instituto, la tensión mordisqueaba tras cada gesto. Las miradas caminaban demasiado hundidas, incluso en pleno recreo. Durante un tiempo, no había gritos desaforados ni carcajadas libres y desvergonzadas. Además, los rumores se desplegaban como víboras y el sospechoso parecía acechar en cada una de las aulas. Muchos nombres, pero ningún detenido.
Eva obvió el circo mediático. Con un gesto desinteresado, sólo emitió un “sí, extraño”, a la pregunta de Mark por Silvia durante una de sus clases particulares. El profesor no volvió a mencionar el tema.
En cambio, alguien sí lo hizo. Ocurrió después de dos semanas de la desaparición de Silvia. Eva tejía durante el recreo en el parque del instituto. Una imagen frecuente a la que ni siquiera lograban acceder Julia e Iker. Aquella mañana, bajo el frío sol de noviembre, cuando el olvido comenzaba a hacerse un hueco en la desaparición de aquella alumna, una sombra invadió la pequeña figura de la niña de piernas cruzadas. Ella no detuvo su actividad. Sus muñecas seguían circulando hacia arriba y abajo. Su voz le fue familiar tras la primera entonación.
-¿Qué hiciste aquella tarde con Silvia?

La zorra decapitada



Entre sus manos descansaba la cabeza de un ser vivo. No latía, únicamente sangraba. Tampoco le acompañaba su cuerpo. La balanceaba como a un bebe. La cogía del cabello rubio aún reseco por la laca y la miraba con un exceso de curiosidad. Aún sostenía entre sus dedos, con debilidad, una de las laminadas agujas. En el suelo, en un ardiente y viscoso charco de sangre, se le ahogaba la pareja metálica, herida, sola y arrepentida por los actos cometidos. Matar nunca es como uno lo imagina. La realidad es la única capaz de ofrecer ese atroz sentimiento al ser humano.
Era demasiado diferente. Aquella sensación le hacía temblar. Sus rodillas apenas tenían un mínimo de estabilidad. Observó la cabeza. Su gesto era excesivamente incrédulo. Aquella mirada inerte era de verdad. El cráneo que tantas veces le había puesto una mueca de desprecio en los pasillos del instituto estaba entre sus manos, muerto. Aquel rostro era demasiado familiar. Su tacto, extraño, su peso, excesivo, su olor, desapacible, y la viscosidad de su sangre insistía en colarse bajo las suelas de sus zapatillas Converse negras. En la media luna blancuzca aparecían desdibujadas manchas rojizas. La catarata de escarlata había decidido convertirse en un constante goteo púrpura, pero el charco rojizo ya había rodeado ambos cuerpos. 
Siguió observándola durante minutos. Los labios morados, los ojos aún abiertos; deshabitados; desiertos. Imaginó a aquella niñata con vida, y visualizarla muerta le hizo sonreír. Se sentía feliz, victoriosa, satisfecha. La zorra estaba decapitada. La zorra no tenía sus pequeñas tetas pegadas a escasos centímetros de la cabeza. La zorra había perdido su coño. La zorra tenía su corazón agujereado por el fino filo de las agujas. La zorra, tal y cómo le había bautizado el día que sus labios susurraban la oreja de Mark y él reía, había muerto en aquel enorme sótano. Ella había reído y puesto ojitos en aquel pasillo estudiantil. Se debía haber empapado con el solo roce de la mano del profesor. La zorra vestía pantalones prietos, casi idénticos a los que ahora sustentaba la parte inferior de su cadáver, a dos metros de distancia de su cabeza. Eva rió, y su risa se convirtió en un eco aterrador.
Cogió la cabeza entre sus manos, después lo hizo del cabello y finalmente la balanceó de nuevo. La soltó de golpe, pero no rodó. La nariz frenó cualquier giro. El cráneo sonó seco en el suelo de azulejos. Eva se fijó en el piercing del labio superior. Continuaba allí, como un pequeño recuerdo de una decisión de su vida. Ahora aquel detalle era absurdo; ridículo; banal. Sonrió y se puso de cuclillas. Su dedo pulgar e índice atraparon aquella perla plateada y tiraron con fuerza. La risa volvió a estallar en aquella soledad vital. El labio se deformó, el gesto inanimado adquirió un dibujo grotesco- Eva estalló a reír. “¡Qué fea!”. Siguió tirando, y cuando parecía que su acción no podría lograr una mayor deformación facial, el pendiente se desenganchó y parte del labio se fragmentó. La fuerza provocó la inercia, y ésta lanzó a Eva al suelo, que no soltó en ningún instante la pequeña perla plateada. La imagen fue dantesca. Los pequeños pies escondidos bajo las zapatillas negras resbalaron y el trasero menudo se hundió en el charco sangriento, deslizándose levemente y dibujando un pequeño camino blancuzco con pequeñas regueros de ríos escarlata.
Con la perla en la mano y la mirada muerta clavándosele en los ojos, siguió riéndose entre jadeos y estupor. Se sentía incluso mareada. La adrenalina, el corazón bombeándole a un ritmo endemoniado y el miedo, le pedían más. Se inclinó hacia delante, atrapó la aguja sangrienta y volvió a unir la pareja. Las puntas se besaron. Eva sonrió, escondió sus dientes y recogió su mochila, de donde extrajo un ovillo. Rodeada de sangre, concentrada y divertida con todo lo que estaba aconteciendo, comenzó a tejer su pequeña obra de arte. Ya habría tiempo para deshacerse del cadáver.


Vi a Eva el lunes siguiente, en nuestra aula particular; su cuarto. Antes habíamos intercambiado algunas palabras en el instituto. Fue el día que me entregó la carpeta. Nerviosa, acelerada y con un leve sonrojo en las mejillas, me la cedió con rapidez. Las palabras se le atropellaban, y tras preguntarme por mi mano desapareció, como si el ambiente le quemara.
La tarde que regresé a su casa ella apareció sentada junto al escritorio, bajo una nimia y espesa luz estudiantil que iluminaba varios libros abiertos y vacíos de fosforito. Estaba descalza, con unos calcetines de colores que estaban diseñados con la forma de sus dedos. Me miró, sonrió y musitó un “pasa” únicamente con la mirada. Dulce y tenebrosa.
No sé porqué no encendí las luces. Lo deseaba, pero me vi sin la autoridad suficiente para desarmar aquel tenue ambiente. Afuera, el azulado del cielo iba debilitándose y convirtiéndose en un mar intenso. La oscuridad contrastaba con la luminosidad del escritorio. La luz cegaba los libros. Eva retiró mi silla, y sin previo aviso atrapó mi mano. Sus fríos dedos me provocaron un descarado sobresalto que no pude disimular.
-Lo siento –murmuró-. No quería asustarte, más.
Yo retiré la mano poco a poco de entre sus minúsculos dedos. La pequeña niña me miraba y sonreía, como si yo fuera el niño y ella la madre; el gigante que aún no creció.
-No pasa nada –apacigüé acariciando la venda de mi mano.
-¿Pero estás mejor?
-Sí, se curará. –Me senté a su lado y abrí mi carpeta- ¿Por qué materia empezamos hoy?
-Hoy guardé las agujas, ¡je, je! –Miró atrás, se levantó como un rayo y fue a cerrar la puerta del cuarto- … para evitar tentaciones, ¡je, je!
La risita nerviosa me resultó estúpida, pero no pude evitar imitarla con una evidente ficción. En cuanto regresó a su silla abrí su libro de matemáticas, y mi herida y el incidente,  desaparecieron de nuestra  conversación.

Durante las dos primeras semanas, las clases particulares tuvieron esa extraña armonía positiva que, por supuesto, jamás habíamos llegado a vislumbrar en nuestros encuentros. Eva se mostraba encantadora; excesivamente complaciente. Ni un mal gesto, ni una mala mirada; sin un ápice de seriedad. Todo en ella era sonrisa. Tampoco hubo un solo rastro de las agujas, ni de sus lanas, ni de los muñecos. Es como si quisiera, al menos a mi lado, distanciar lo que provocó aquella herida. A mi lado, durante la corrección de ejercicios o en pequeñas pausas, reía mis bromas cada vez con mayor intensidad; sin apenas complejos. Incluso dejó de de esconder sus braquets. Borró ese miedo a lo desconocido. Las tres horas de clase nos ayudaban a deshilar pequeños retazos de nuestras vidas, aunque siempre sin sobrepasar el límite. Yo seguía siendo el adulto. Ella seguía siendo la niña. Yo el profesor. Ella la alumna.
Tras cada clase, yo comencé a sentirme un poquito más héroe. Era como si mi trabajo tuviera recompensa. Los pétalos de aquella flor se habían revitalizado y se expandían sin miedo en el jardín de este mundo. Aquellas horas, creo que eran una terapia, para ella y para mí. En aquella habitación eliminaba el desagrado de las clases del instituto, donde nunca había una satisfacción personal.
La dulzura desapareció por primera vez en la quinta clase particular. Aquella tarde, aún, el otoño se resistía. El viento azotaba con desgana y apenas empujaba las primeras hojas que dormían en los bordes de las aceras. El aire no congelaba las gargantas y el sol dibujaba las últimas sombras humanas. Me bajé del coche, me escondí bajo un largo abrigo marrón y caminé con pasos lentos. Los zapatos parecían pesar toneladas. El día había sido agotador. Notaba en exceso que los alumnos hubieran comenzado a saborear la confianza del paso del tiempo. Incordiaban antes, durante y después de cada clase, e incluso en los pasillos. Trataba de esconderme en la sala de profesores, pero las tareas me obligan a salir de mi trinchera. Allí, en pleno campo de batalla, siempre me asaltaban. El pequeño camino hacia clase, cafetería o baño eran siempre de alto riesgo. A toda aquella vorágine debía sumarle lo extraño de haber visto a Eva desde la última clase particular.
Su madre me dio dos besos, me miró la cicatriz de la mano, que comenzaba a desaparecer y me acarició el brazo. Me ofreció algo de comer y beber, y cuando me negué, señaló con una sonrisa hacia la habitación de su hija. Asentí y me deslicé con la misma suavidad sobre las alfombras. La oscuridad creció, y al abrir la puerta encontré la misma imagen de semanas atrás. En su silla, impaciente, junto al escritorio, con la luz iluminando los libros y la oscuridad invadiendo el resto del cuarto. Únicamente dos cambios. Su rostro serio no me miraba. Y  sobre la cama brillaban las dos agujas y un ovillo de lana con un muñeco a medio hacer.
-¿Cómo fue la semana? –Sonreí, me quité el abrigo y acaricié su hombro.
-Bien –respondió seca-. ¿Y la tuya?
-¿Ocurre algo? –Me senté en la silla y busqué en su mirada.
-Un mal día, ¿el tuyo? –Me clavó la mirada y me perforó.
-También, pero vamos a mejorarlo, ¿no? –Animé. Saqué mi carpeta y volví a acariciarla el hombro-. Por cierto, la semana pasada no te he visto en el instituto.  ¿Te ha pasado algo?
-No. –La respuesta no incluyó su mirada, que la escondía en su cuaderno- Habrás estado demasiado entretenido.
La aguja de sus palabras me dejó congelado. No pude moverme durante largos segundos. Recapacité qué pudiera haberle enfadado. Aunque al tiempo, me decía lo absurdo de aquella situación. Ella volvía  a brindarme esa soledad sobria, vacía y aterradora. Tal vez fue estúpido, pero no pude evitar mi mano, y pensar en las agujas chispeantes durmiendo sobre su cama.


Eva descubrió los celos quince días después de entregar la carpeta al profesor. No podía creer que muchas chicas de clase le hubieran venido a preguntar por Mark creyéndose como ‘estúpidas’ el rumor. De pronto, muchas se interesasen por ella y por todos los secretos que escondía aquel bulo. Eva optó por callar. El silencio les enrabietaba y enfadaba, pero ella estaba disfrutando con aquella situación. Sin embargo, el escenario mutó por completo en apenas unos días. Ese mutismo por parte de la ‘niña de las agujas’ desprendió el veneno más mortal de las arpías más peligrosas de este planeta: Las ‘espejito-espejito’. Ataviadas con sus mejores galas, “como zorras”, le susurraba Eva a Julia, fueron directamente a él con excusas ridículas. Fueron aquellas imágenes las que comenzaron a herir con crudeza la sensibilidad de Eva. No podía ver a esas golfas de piercing labial acercar su escote a Mark. Mientras, él, absurdo y sonriente, les seguía el juego. Deseaba exterminar a aquellas alimañas ‘mojadoras de bragas’. Debía de fumigarlas para liberar a su hombre de la plaga juvenil. El asedio era diario. Y además, ellas se encargaban de hacerle saber todas las mentiras que habían susurrado al ‘profe-tío-bueno’. Eva prefirió tejer para digerir la ira. Clavaba el odio en los giros de sus lanas como si quisiera excavar un enorme agujero hasta el centro de la tierra. También decidió huir, alejarse de los flirteos de las ‘zorras’. Si bien, puso como investigadora a Julia, que ejecutó encantada aquella tarea. Decidió esconderse de Mark porque el corazón se le encendía tanto…. Saber, ver, sentir esos celos despertaban una furia desconocida que le atormentaba y aterraba. Quería sacarle los ojos, arañarlas, patearlas, escupirlas, morderlas, agujerearlas, decapitarlas… Creía que en cualquier momento su corazón iba a arder y convertir su menudo cuerpo en una enorme una llama descontrolada.
Lo decidió el día que Silvia se le acercó al final de clase y le susurró algo al oído. Mark sonrió y Eva, que tejía en una esquina, tras un árbol, oculta, se pinchó el dedo sin querer. La sangre brotó, pero la ignoró. La rabia le tensaba el cuello, la mirada, la frente y la dentadura. Los braquets le dolieron. Las agujas se le marcaban en la palma de las manos. En tanto, Silvia, ‘la zorra’ rubia de pelo rizado ‘enlacado’ caminó sonriente y con decisión.
-Te lo voy a robar, reina.
Apoyó sus manos en las caderas, sobre sus pantalones elásticos, y se retiró con suavidad la melena de la cara.
-Con ese escote –le escupió Eva sin cesar su actividad ni preocuparse de la gota de sangre que le colgaba del dedo índice izquierdo-, sin duda.
-Envidia. Me lo follaré, y mejor que tú. –La sonrisa le estalló en la cara.
En ese instante, un arrebato de odio estuvo a punto de dominar a Eva. Sostuvo las agujas entre las manos. La miró, el odio y quiso devorarla de un solo mordisco para luego cagarla, tirar por la cadena y hacerla desaparecer para siempre. No obstante, el cerebro expulso una nimia idea repleta de brillantez que le permitiría degustar la venganza con calma.
-Puedes venir a la fiesta del viernes –dijo sin dejar de tejer- Él vendrá.
-¿Cómo?
-Te puedo organizar una cita
-¿De qué estás hablando?
-Sé que se ha fijado en ti…
-Mientes.
-No.
Ambas mantuvieron un silencio tenso. Silvia estaba poniéndose nerviosa. El juego entre alumna y profesor abandonaba el tablero y la ficción, y comenzaba a caminar por la realidad. Eva estaba deseosa de que la ‘espejito-espejito’ mordiera el anzuelo.
-Con tus encantos podrás conquistarle –invitó con una pequeña sonrisa, mirando sus tetas y deteniendo el ritmo de las agujas.
-¿Tú crees?   
-Sí…
Cuando Silvia se marchó, Eva aflojó la fuerza de las agujas, sonrió y no pudo evitar disfrutar escuchándose el corazón acelerado. Aquella zorra jamás iba a volver a acercar sus labios al lóbulo de Mark.

El rumor de un deseo


Me observé la mano, como sin aquella herida viera mi futuro. Un delgado espagueti rojo serpenteaba mi palma, desde el meñique hasta el pulgar. Roja la vida, blanca la piel. Las líneas que siempre estuvieron allí parecían desdibujarse, convertirse en nuevos caminos, todos sin destino; sin salida. La fisura se ensanchaba y la sangre emergía con lentitud. Su aparición daba vida a la historia que, me empujaría a infinitos kilómetros de mi habitual realidad.

Cuando hundí la cabeza, descubrí que varias gotas de mi vida agonizaban todavía calientes en el suelo. Mis rodillas se debilitaban con un perenne cosquilleo que llegaba hasta el estómago. Era miedo. La vejiga se me debilitó y sentí náuseas; ganas de orinarme encima. Incluso sentí la debilidad de mi esfínter. Mi corazón, atragantado, tosía cada uno de mis latidos atropellados. Alcé la mirada. Ella había perdido el impulso y el brío; la erección metálica del tres. Si bien, mi sangre aún despuntaba en aquella afilada arma de la niña, que con las piernas cruzadas, estática, continuaba abstraída; ajena al percance. Su cuerpo quedaba a apenas dos pasos. Su alma, lejos; demasiado lejos de mí. Eva, la niña que había estrechado mi mano hacía unos días en mi aula, no era Eva en aquel instante. ¿Y yo era yo en aquel cuarto? Tal vez tampoco. Me apoyé en el escritorio, busqué su mirada, la encontré vagamente, y entonces hice la absurdez que me convenció de la anterior cuestión. El gesto lo motivó el título de un libro que reposaba en la mesilla de noche de la niña: ‘Sangre de frambuesa’.  La ilustración la protagonizaba un vampiro entre luces y sombras dibujadas con denotada intención. Expresé determinación, me senté a su lado, y mirándonos, saqué la lengua como si fuera a comer un limón, con miedo, la acerqué hasta la palma de mi mano y lamí. La hinchada línea de sangre desapareció. El sabor me recordó a la última vez que sangré de la nariz.
-¡Vaya! No sabe a frambuesa…


Las agujas se libraron de sus manos. El sonido metálico tintineó en el parqué. Su abstracción desapareció como un truco de magia y la niña cobró vida. La escasa tensión que albergaba su menudo cuerpo se esfumó. La mirada que había estado fue sustituida por unas pupilas vergonzosas, desorientadas, tímidas y tímidas. Me examinaba. Primero se detuvo en la herida, después en mis ojos, acto seguido en sí misma; escondida. La sangre volví a emerger con lentitud.
-¿Quieres? –Bromeé.
-Lo siento –dijo su voz seca-, fue sin querer, no sé qué ha pasado…
-Tranquila –calmé al verla temblar y contener los sollozos-, ¿tienes vendas o algo para curar la herida?
-Me concentro mucho en esto… –continuaba sin escuchar.
-Preguntaré a tu madre.
Sonreí y esperé a que el silencio le obligara a mirarme. Lo hizo. Me levanté y abandoné el cuarto. Caminé hacia el baño, eché agua sobre la palma de mi mano y apreté la mandíbula. Escocía como si el agua oxigenada me estuviera supurando la piel. La profundidad del corte me asustó. De pronto, oí voces. La madre gritaba. De inmediato tocó a la puerta. Abrí, y enseguida, después de continuos ‘mil persones’, me facilitó una venda. La mano seguía latiéndome con fuerza, como si necesitara explotar. Me punzaba por la fuerza con la que la madre me había apretado el vendaje. Para bien, el sangrado, con la presión, parecía cesar.

-Tendremos que empezar otro día –traté de minimizar lo ocurrido.
La madre, que en ningún momento había usurpado el cuarto de Eva, se ofreció a acompañarme a Urgencias. La figura de Eva permanecía escondida entre las sombras que emitía su lámpara de estudio. Sus agujas, con dos motas que evidenciaban lo sucedido, subsistían inertes en el suelo.
-¿Mañana? –Susurró un fino hilo de voz avergonzado.
-El lunes, mejor –respondí en cuanto oí sus palabras colándose entre la voz alterada de la madre. Abandoné el pasillo y volví a introducirme en el cuarto a paso lento-. El lunes empezamos de verdad, ¿vale? Y tranquila, Eva, sólo fue un accidente.
Ella afirmó con un vaivén suave, acariciándome de nuevo con una mirada que arrojaba tranquilidad; como un suave oleaje excesivamente pudoroso que debe de besar la orilla. Me atreví a acariciarle el cabello con mi mano intacta, pero sin liberarme del miedo y la duda. Noté un intenso calor al frotar su pelo, y cuando giré el cuello, visualicé la transformación que dibujó su gesto. De repente, lo protagonizaba una cuidada sonrisa embriagada de timidez y arrepentimiento. Aquellos segundos me ahogaron la respiración. Su ternura era insólita. Ella no retiraba mis caricias ni un instante. Disfrutaba de mi tacto, mirándome. Eva era como un gatito nervioso que aún respiraba acelerado por lo desconocido. Me conmovía lo fácil y veloz que caminaba de la furia e imbatibilidad a la fragilidad más débil. Ella escondía sus braquets al sonreír y, por primera vez, me miraba como una niña. La afabilidad me envolvió. Había dejado que una pequeña luz entrara en nuestro entorno.
Al mirarnos, vislumbré la llama que necesitaba encender. Era un brillo deseando cegar de hermosura. Y yo me veía obligado a prender toda aquella luz. Hacer de aquella lejana estrella un enorme sol. Me creí ridículo escuchando aquellas palabras en mi cabeza, pero no podía callarlas. Minutos después, camino del centro de salud, no lograba borrar el fotograma de su bello gesto infantil; tímido y arrepentido. Mientras las palabras de la madre golpeaban contra mí, en un vacío auditivo, me conjuré para ayudarle a despegar, a crecer, a desplegar sus imponentes alas hasta ver que volaba sin vergüenza ni miedo por cualquier rincón del planeta. Puliría la llave de aquellas rejas vitales que le impedían pisar con seguridad el exterior.

La madre me pagó el día y trató de convencerme para cancelar las clases. Yo me negué con rotundidad.
-Eres demasiado bueno –dijo con voz dulce. ¿Te duele?
-Ya menos.
La madre me tenía cogida la mano vendada; vigilando que todo fuera bien. Con la otra me acariciaba la parte superior de la espalda. Yo sonreía incómodo. Y cuando esperábamos uno de los semáforos peatonales que nos llevaba a casa y a mi coche, empezó a contar una pequeña porción de algo, que sin duda, hacía tiempo deseaba expulsar.  
-No puedo, Marc. Intenté quitarle las agujas hace varios, pero se volvió histérica -reveló-. Jamás lo he vuelto a intentar… Pero por ellas descuida tanto los estudios…
-¿cuándo empezó?
-Al morir su padre.
Que dijera su padre y no su marido me hizo especular. Aplaqué el paso, me quedé mirándola, pero no pregunté. Además, ella siguió caminando. Su mirada se perdía en un abstracto vacío del frente.
-Desde que él se fue nada ha sido lo mismo, o sí, no sé. Tal vez es la edad de Eva y ha coincidido todo…
Hablaba, pero no a mí. Yo era la circunstancia que le acompañaba. Era un pensamiento en alto; tal vez, una confesión embarazosa que anhelaba expulsar.
-¿Hace mucho? –Pregunté cuando vi que la pausa no moría.
-Tres años. Las encontró en el desván. Eran de abuela. Un día las limpió, las afiló y de unos viejos cuadernos aprendió a tejer.
-¿Las afiló? –La pregunta enarcó mis cejas.
-Abuela siempre las afilada. Decía que mantenía a raya a los hombres y que se cosía con mayor seguridad. Si no pinchan, las agujas están vacías por dentro; sin sentimiento; sin alma. Es su personalidad, decía. Era otra época, no sé.
-¿Y su abuela atacó a alguien…?
En ese instante me arrepentí de la broma. Ella lo entendió y emitió una leve mueca sonriente con sus labios.
-Si alguno se intenta sobrepasar, hija, le atacas, le decía a Eva. Siempre nos hacía gracia, no sé, no creí jamás que lo haría. Contigo ha sido la primera vez, lo prometo.
-¿Ella también hacía muñecas?
-También…
-¡Vaya! –La sorpresa me estaba aturdiendo- Le asusté, nada más…
-Sí me gustaría que no comentaras esto a nadie –Pidió antes de despedirnos-. Eva ya tiene suficientes problemas en el instituto.
Acepté complaciente. Antes de subirme al coche me dio un suave abrazo y me besó en la mejilla. Volvió a acariciarme el brazo y susurró un dulce “gracias por todo”, continuado por un “cuídate”. El botón del mando a distancia abrió las puertas del coche, la madre desapareció tras el portal, yo arranqué y conduje a casa con la incomodidad de los mordiscos que me producían la herida en la mano.
En casa, Verónica descansaba en el sofá, en bata, concentrada en la televisión. Me acoplé a su lado. La tele tenía como protagonista a diez seres humanos que vivían entre cámaras en una casa de Guadalix. Aquella noche, mi cabeza fue incapaz de expulsar a Eva.


Eva despertó sudorosa por una pesadilla y por el nórdico que su madre le había comprado. Si bien, no podía recordarla. Sonriente se dirigió al baño, mirándose al espejo acarició su melena rememorando. La mueca risueña engordó. Regresó a su cuarto, levantó la persiana, y cuando la luz se coló por la ventana sin miedo, una carpeta desentonó en su escritorio. Las agujas inertes brillaron en el suelo. Miró a la mesilla y cogió el libro. La imagen de aquel profesor lamiendo sangre le hizo reír. Se acercó con lentitud hasta las agujas. En la punta de una de ellas la sangre era una costra seca. Sonrió. Caminó de nuevo hasta el baño y las lavó. Como un remolino, aquel rastro se perdió junto al agua y el jabón por las tuberías.
Por algún motivo, Eva había despertado jovial aquella mañana; justo un día después de su ataque. El mundo parecía distinto. Había sido como un bofetón; como caer desde el cielo y golpear contra el suelo, morir y despertar del sueño. Tenía ante sí una realidad que parecía brillar de otra manera. Se avistaba otro color en algunos retazos, como a un lagarto cuando le muda la piel. El disfrute de la soledad que tanto había deseado para evitar lo absurdo y el vacío de la vida que le rodeaba, se rompía por un profesor de gafas y pelo revuelto. Aquel chico de metro noventa la ofrecía algo distinto; inédito. Todavía No sabía qué, pero lo averiguaría.
El instituto, en pleno otoño, también le ofrecía otro color a Eva. Quizá ahí del ‘prisma’ con el que se mire la vida…
Los alumnos que caminaban reían, hablaban, fumaban y gritaban, pero no molestaban a Eva, que con su mochila anaranjada, sus agujas del número 3 amenazando al cielo, su mismo peinado, idéntico gesto y caminar, recorría la única senda que le llevaba a clase.
-¿Qué llevas? –Preguntó Julia por la espalda.
-¡Joder! ¡Qué susto!
Eva se retiró y golpeó en el hombro a su amiga.
-Perdona… -Sonrojada mantuvo un silencio temeroso. Miró la carpeta bajo su brazo e insistió- ¿Qué es?
-Una carpeta, ¿no lo ves? –Alegó con evidencia extrema.
-Ya, imbécil –respondió ofendida-. Pero dentro qué hay, digo.
-No te interesa. –Zanjó.
Julia vio como Eva aceleraba el paso. Julia trató de alcanzarla. La carpeta que su amiga veía era algo tan inusual que no podía resolver así aquel ‘secreto’. En ese instante, al examinar el clasificador con detalle, dio con la pista que allanó parte del misterio. En una esquina, a ordenador, venía escrito un nombre: ‘Marc Parrot’.
-¡Joder, tía!
-¿Qué?
-Es del profe ‘tío bueno’.
-Eva clavó la mirada en Julia. Se detuvo y sin decir una sola palabra exigió más información. Eva, desencajada, se sentía fuera de lugar; sin información. El placer que proporciona el saber ante quien desconoce emergió en su amiga, que con una sonrisa malévola rebanó el corazón en dos de Eva. Un golpe de ira y celos se adueñó de sus sentimientos. Tenían la sensación de que su historia, la que había saboreado en sus pensamientos toda la noche, no era única; no era suya. Odió esa sensación. Odió que su profe no fuera suyo; que le engañara. Ella deseaba que lo fuera sólo para ella. Por eso, las palabras de Julia desangraron su sueño.
-Todas las chicas de clase están loquitas por él. –La sonrisa de Julia bailaba a un ritmo angelical- Diría que medio instituto.
-¿Y tú también? –Le escupió amenazante en la cara- ¿A ti también te moja las braguitas?
Julia se asustó y se sonrojo. Escondió la mirada. Miró de nuevo la carpeta y leyó de nuevo el nombre del profesor.
-¿Por qué la tienes?


No dudó. Eva hubiera querido degollarla allí mismo. Agarrarla del moño, desenvainar una de sus agujas y clavársela por la nuca mientras un fino hilo de sangre chorreaba como una graciosa fuente hasta la punta de sus pies. Allí mismo, sobre la hierba, tejería un muñeco, con su sangre reseca en la aguja y viendo como su amiga inundaba de muerte el camino que unía la parada del autobús con la entrada al instituto. Borraría de una estocada aquella estúpida sonrisa de superioridad. Sin embargo, prefirió dar una respuesta.
-Es mi amante –mintió con una perversa felicidad.
-¡Y una mierda!
Eva camino deprisa. Julia siguió sus pasos de cerca. Insistía, pero no hubo otras respuestas. Únicamente puso un poco más de carne en aquel rumor, que sin duda, comenzaba a desear fervientemente.
-Es tan tierno… Se quedó a dormir en mi casa y se la olvidó.
-¡Mientes!
-Y que bien besa…
-¡Puta!
-¡Qué manos!
-¡A veces eres una auténtica zorra!
Eva abrió la puerta del instituto sin frenar el paso y entró. Su rostro emanaba el placer de aquella fantasía. Julia, a la espera de la verdad, se quedó en la calle. Abrió también la puerta y entró. Las dos se miraron desde una distancia prudencial. Julia esperaba la verdad, pero no llegó.
-Voy a verle… -Y con decisión se perdió entre el resto de estudiantes con un único destino: la sala de profesores.
Días después, el rumor volaba con convicción entre gran parte del alumnado.



El accidente


Pronunció mi apellido con acento en la 'o'. Sonreí, pero ella se mantuvo seria. Le corregí con media sonrisa, queriendo ser simpático. Ella continuó distante, junto a la puerta, excesivamente sobria. Sí me miraba a los ojos, sin cobardía, como un adulto que posee una seguridad en sí mismo e inamovible; como un dique inerte que no se inquieta ante las desbocadas olas de un colérico mar. Le sostuve la mirada. Sus profundos y oscuros ojos realzaban su piel albina, y por alguna extraña razón, engrandecían su menuda presencia. Me desnudaba. La vergüenza me apresaba. Yo, sin poder evitarlo, bebía a sorbos inagotables el ridículo; cada vez más extremo. Su crecimiento no cesaba. No podía creer que a mis 37 años estuviera retrocediendo a una escena de adolescencia tímida y estúpida. Era sólo una alumna de apenas trece años. “Era la niña del parque”, recordé. Pero en aquellos primeros instantes, mi intuición no dilucidó que iba a ser la protagonista de mis clases particulares.
Después de tres escuetas frases, el silencio sostenía una densidad demasiado confusa. La tensión no podría cortarse con unas simples tijeras. Eran cables de acero atravesando e uniéndonos. Éramos marionetas inamovibles. Su aparición había sido un ciclón que había fulminado el aula como escenario. Era un decorado circunstancial. Durante segundos, su fuerza y atrevimiento habían borrado la realidad como una tiza que muere en la pizarra; todo era demasiado borroso.
-¿Qué quiere, señorita? –Bromeé amable tratando de desdibujar la tensión. Me acerqué y le tendí la mano.
-Mi madre me ha dicho que vas a ser mi profesor particular.

Sus palabras me sirvieron un gran revolcón. Me apresaron por sorpresa. La palabra ‘particular’ me golpeaba en la cabeza, y con ese eco, perdía de nuevo el control de una situación que creía haber dominado durante unos segundos al tender mi mano y reiniciar la conversación. Ella dio dos pasos nerviosos y nuestras pieles se unieron. Su diminuta mano se escondió en la mía. Sostuvo la mirada, pero al instante se despegó de mí. Sus fríos dedos le quemaban pegados a los míos. La palma de mi mano sudaba. El paladar se me resecaba. Rasqué mi lengua por el cielo de mi boca, pero la humedad seguía ausente entre mis dientes. Pese a todo, opté por prolongar mi tono jovial y jocoso. Erré.
-Vaya, vaya… -La voz me salió excesivamente infantil- Así que tú vas a ser mi alumna preferida.
-No. –Contestó al instante.
El gesto le cambió. Creció en seriedad. Dio un paso hacia atrás, dudó si girar y marcharse, dio otro paso más hacia atrás y se desenfundó la mochila. Ya no me miraba. Escondía la cara bajo su melena. Bajó la cremallera y extrajo sus dos agujas. Una en cada mano. De ellas caían dos finas tiras de lana marrón cuyo ovillo intuí que reposaría en el interior. Se aferraba a ellas con fuerza. Yo entrecerré la mirada y también vacilé en mi posición. “¿Qué hacía?” “¿A qué jugaba?”
-Ellas son mi prioridad. –Afirmó mostrándome las dos agujas, colocándolas en cruz-. Los jueves me vienen fatal las clases. Tengo tres horas reservadas a ellas.
-¿Los miércoles? –Pregunté de manera espontánea.
-Tampoco… Ellas también –respondió con una falsa resignación.
-¿Hay algún día libre? –Insistí cansado del juego.
-No. –Se enfundó la mochila y volvió a congelar su mirada sobre la mía sin soltar las agujas; una en cada mano.
-Tendrás que hablarlo con tu madre –le advertí con austeridad.
Las dos agujas pasaron a una mano. El hilo seguía perdiéndose en su mochila. Ella no disparó una sola palabra más. Únicamente me miraba. Estaba allí, de pie, frente a mí. Yo no sabía por qué no había zanjado aquel encuentro. Habría arrancado hacía ya diez minutos. Permanecí quieto.
-No quiero verte el jueves –concluyó.
Con una perfecta habilidad encestó las agujas por la ranura de la mochila que permanecía abierta sobre su espalda. Mantuvo la mirada sobre la mía unos segundos; brillante, firme y sin parpadeos; segura de sí misma y neutra; completa. Quise que me soltara pero ella no movió un ápice sus pupilas.
-¿Qué tejes? –Pregunté.
Su mirada se hundió. “Al fin”, pensé. Me soltó como si me pregunta le hubiera dado un calambrazo. Levantó los ojos con extrañeza. Al fin vi la niña. Sorprendida, se acercó con una lentitud excesiva. Cada segundo más menuda físicamente, y si embargo, su presencia lograba intimidarme, acobardarme, empequeñecerme.
-Un mono –musitó con una voz anoréxica.
-¿Lo puedo ver?
Mi pregunta inmediata volvió a sorprenderle. Ella accedió. Volvió a descolgarse la mochila, abrió la cremallera y me cedió la parte del mono que había tejido, aún unido a los dos flejes de lana que nacían en las agujas. No soltó su herramienta de trabajo ni un solo instante. Examiné el mono y se lo devolví. Entonces algo extraño en la punta de una de las agujas. Era una pequeña mota granate. Como una mancha de sangre.

Después de que ella desapareciera del aula, un minuto después de enseñarme su mono, no volvimos a cruzarnos por el instituto. Ella volvió a guardar el muñeco y las agujas, se colgó la mochila tras decir un escueto “me voy”, y con un concluyente “adiós” desapareció de la clase. Sí me paraban las alumnas del colegio, por no afloró un solo rastro de Eva. Era como si se hubiera borrado de aquellos pasillos. Como si hubiera sido todo un sueño. Y yo, en vez de olvidar, me obsesioné. Tan absurda y enorme fue la obstinación, que me acerqué al despacho de Concha para preguntar por ella. “Está en la ‘A’”, respondió escueta porque su concentración era absorbida por varias cuadrículas horarias. Emití un escueto “gracias”, y como si encontrarla fuera de una necesidad; un vicio ausente mono caminé enrabietado hacia su clase esquivando el pasotismo juvenil, cargado de risas, aroma a hachís, sudor, risas y griterío. Ascendí por las escaleras y avancé preso de los nervios. El corazón se me aceleraba. Un poquito más cuando la ‘A’ gigante sonreía sobre la puerta abierta. Alumnos en pareja o en tríos entraban y salían a la espera de que llegara el profesor. “¿Qué estaba haciendo?” “¿Qué iba a decir?” Las preguntas frenaron mi acelerado peso y alimentaron mis dudas. Si bien, no iba a darme media vuelta. Disimulé, me asomé al interior y pregunté tembloroso por el profesor Paulino. No llegué a oír mi voz. Mis ojos recogieron todos mis sentidos y buscaron sin resultado por todos los pupitres. La respuesta de los que ocupaban el aula fue gritada. No estaba. Ni ella ni el profesor. Sin embargo, sí vi su mochila. En la esquina, las agujas sobresalían únicas.
Traté de no volver a dejarme llevar. Olvidar. Los días posteriores sólo esperé que el azar  nos cruzara en los pasillos. El subconsciente me hacía vigilar, pero no hubo casualidad.

Su barrio lo protagonizaba una hilera de viviendas uniformes, de ladrillo, de no más de cuatro plantas. Era un barrio obrero sin zona azul, lejos del centro de la ciudad. Las hojas cubrían los bordes de las aceras, los árboles se desnudaban y abundaban los coches sucios y abandonados. Fue fácil aparcar. Eran las seis de la tarde. Cogí una carpeta y caminé raramente embargado por la zozobra de la primera vez. El silencio despistaba y hacía olvidar el bullicio urbano. El frío, que comenzaba a desfilar a gran velocidad por la calle, no encontraba rival humano. Tras las persianas bajadas, las primeras luces tímidas que escondían el calor de los hogares. Casi al final de la calle, su portal. Pulsé, contestaron y abrí cuando chirrió el timbre.
Su madre volvió a liberar sus caricias sobre mis brazos. Me dio dos besos, me piropeó, sonrió y me ofreció de comer y de beber.
-¿Nada, seguro?
-Nada… -Sonreí- tranquila, mujer.
Nos mantuvimos un tiempo en silencio. Yo sondeé la decoración de la casa. Ella me examinaba mientras jugaba con un paño de cocina y reordenaba la cocina. Me empujó para que anduviera hasta el salón. Allí continuó reorganizando los detalles. Se mezclaba lo antiguo y clásico con pequeños detalles modernistas. Daba la sensación de que la madre quería avanzar hacia la actualidad decorativa, pero todavía había retazos del ayer.
-Está encerrada en su cuarto –cuchicheó sin mirarme-. La última puerta del pasillo.
Sus palabras pusieron fin e inicio. Ella se quedó doblando la manta cerrando nuestra escena. De inmediato entendí que iba a tener que iniciar yo solo el siguiente pasaje.
Me recoloqué la carpeta bajo el brazo derecho, y tras despedirme con un mínimo gesto visual, me adentré en aquel pasillo. Toqué con los nudillos suavemente en la puerta de su habitación. No hubo respuesta. Miré hacia el pasillo. Ni rastro de la madre. No iba a ayudar, me convencí. La pelea era mía. Insistí y acerqué la cabeza. Identifiqué la música. Las guitarras sesenteras de los Beatles me sorprendieron. Giré la manilla y empujé. No chirrió. Una suave luz de estudio iluminaba su figura. El resto del cuarto se mantenía en la sombría oscuridad del atardecer. Di un paso y saludé con un tímido “hola”. No se movió para mirarme. Continuó hilando. Sentada sobre la cama, con la cabeza hundida y las piernas cruzadas, removía sus muñecas en pequeños círculos. Tejía concentrada. No movió la cabeza para reparar en mi presencia, únicamente se movían sus brazos y manos.
-Tenemos clase –anuncié con una sonrisa y decisión.
De pronto un silencio. Creí que romperíamos la distancia, pero el ‘Let it be’, un clásico, se adelantó. No me atreví a cambiar la música ni a pararla. Eva se mantenía absorta en su trabajo. Las agujas parecían pequeñas extensiones que salían de sus pequeñas manos. La lana era una serpiente de color rojo que daba vida a un nuevo muñeco. En esta ocasión ya no era un mono. Decidí posar mi carpeta en su escritorio. Examiné la habitación y me gustó la acumulación de libros sobre una larga estantería.  Y en ese instante, tomé la decisión. Tenía que detener aquel absurdo juego de su omisión hacia mi persona.
No sé si dije su nombre, o simplemente lo pensé. Me dirigí en silencio hacia ella. Todo sucedió a una velocidad extrema y lenta al mismo tiempo. Cuando ocurrió, lo sucedido era como un sueño pese a que aún sentía arder la sangre en mi mano.
 Quería parar aquella pasividad de inmediato. Deseaba que me mirara, que me dijera algo, aunque fuera un burdo “paso de ti, vete’. Necesitaba su atención, y ella se empeñaba en escupirme un vacío inmenso. Mi cuerpo se coló entre la luz de la lámpara, me recliné levemente, y cuando vi que sus muñecas se detenían un segundo, actué. Ella ya sabía que yo estaba allí. Su organismo ya brindaba un desagrado por mi presencia. La poca luz que le permitía tejer la había ahogado mi espalda. Me agaché y me dirigí hacia sus agujas. Quería arrebatárselas, quitar de en medio esa extraña afición para que ella y yo habláramos cuerpo a cuerpo, sin lanas ni tejidos de por medio.  Fue mi mano derecha la que lanzó el ataque. Iba a arrebatárselas con ímpetu y fuerza para que no hubiera un ‘tira y afloja’ que convirtiera la escena en más estúpida. Sin embargo, el flequillo que cubría parte de su ojo bailó hacia un lado y otro, se alzó y dejó su pupila furiosa al descubierto. Ella izó la cabeza, escondió uno de sus brazos al percibir mi acecho, y con una velocidad vertiginosa y concreta impulsó el otro hacia delante. Como un cuchillo virgen que busca deseoso su presa y que se colma de orgasmo infinito al atravesarla. Creí ver satisfacción en su mirada; quizá lo soñé. También creí percibir que emanaba placer de su sonrisa, bajo su mirada vidriosa, cuando la punta de su aguja se hundió en mi piel. El pinchazo hirió con sutilidad pero firmó la llaga impregnada de rabia. Me cazó desprevenido. Emití un grito seco que me aceleró el corazón, y al ver la sangre, me retiré como un perro acobardado; arrugándome como un niño. El duro metal colándose entre mi piel escocía horrores. Cuando di esos pasos atrás, ella no se retiró con suavidad. Con una furia descontrolada, rajó. Su movimiento había sido habilidoso, veloz y sin una pizca de inseguridad. En la otra mano, rezagada, aún sostenía, en posición de ataque, la otra aguja, la que escondió y yo no había llegado a alcanzar. Di dos pasos más atrás y miré mi mano. La herida era profunda y cruzaba desde mi pulgar hasta mi dedo meñique. Un denso hilo de sangre comenzó a nacer y engordar sobre mi piel. Ella se aferraba con fuerza a sus dos agujas, como si ellas le mantuvieran en equilibrio. De ellas continuaban colgando dos finas trenzas de lanas. Permanecía sentada, con las piernas cruzadas. Bajo su vientre, un muñeco a medio hacer. Ambos en silencio; mirándonos.
Una gota púrpura resbaló por mi mano suavemente, se descolgó, voló y murió en el parqué. Olvidé el latir dolorido y nervioso de mi herida. Ella volvía a mirarme fijamente, como el día del aula. Yo esperaba una explicación, una disculpa. La mitad de su ojo izquierdo quedaba escondido por su flequillo. Por un instante, vi nacer en sus labios una media sonrisa. Aquel gestó desgarró mi aparente calma y me empujó a un pánico inédito.

El encuentro



Cruzaba las piernas. Inmovilizaba con su menuda mano derecha una larga aguja plateada a la que iba unido un largo hilo de lana del color del chimpancé que tejía. El ovillo se perdía sobre el césped, que a media mañana ya había olvidado la humedad del rocío de esos primeros días de septiembre. En la mano izquierda idéntica imagen. Ambas giraban en pequeños círculos de manera intermitente. Un movimiento lento pero continuo. Su piel albina resplandecía bajo su melena negra. En la amplitud del jardín se dibujaba más delgada. Sonreía levemente, como si tuviera un pequeño tic en los labios, y emanaba una extraña seriedad. Escondía en su mirada una timidez; un miedo; una dulzura extraña. Aquella fotografía de Eva fue la primera que captó mi mirada. No sé si la busqué, la vi por casualidad o algo de ella me llamó la atención. Estaba sentada en una soledad que parecía desmesurada por el vacío que ofrecía aquel parque que quedaba junto al instituto. Ni siquiera cruzamos las miradas. Yo venía de mi descanso de la sala de profesores y caminaba hacia mi segundo café con leche del día. Ella parecía demasiado concentrada en una actividad más digna de una jubilada. “Increíble”, pensé. El bullicio juvenil gastaba sus minutos de recreo en una lejanía excesiva para ella. Continué mi camino con su retrato en la cabeza. Se desdibujaba en mis pensamientos hasta convertirse en un bonito óleo. Era absurdo, pero el café desapareció, tracé las primeras letras en la pizarra ante mis treinta alumnos de 4º de ESO y la estampa seguía ahí. Nunca imaginé que, días más tarde, los dos chocaríamos nuestras miradas, y ella, sonriente, sumergiría sus fríos y temblorosos dedos en mi gigante mano. Fue el comienzo.

Eva odiaba a sus compañeros de clase. Apenas salvaba a dos. “Tres siendo generosa”, decía. Sabiéndose una niña, se sentía la patrona intelectual en aquel barco estudiantil de 2º de la ESO, que sin duda, navegaba a la deriva. No toleraba las insulsas tonterías juveniles que emanaban de los ‘chulos-guaperas’ imberbes capaces de todo y de nada, ni a las ‘espejito-espejito’ escondidas tras un exceso de maquillaje y realzadas por sus escotes atrevidos y minifaldas descosidas. Eva sólo tenía dos amigos. Julia era la que toda la clase, incluso ella, consideraba ‘laempollona’. Lo había ganado a pulso. Vestía clásico y se recogía el pelo rizado, voluminoso y áspero con una amplia coleta que le chorreaba sobre su espalda como si fuera una larga cola de caballo. Además, su madre le había colgado en sus orejas unas gafas de plástico de un tono marrón rancio que, junto a su ordenado estuche metálico de tres plantas, la convertían en una verdadera diana para el resto de alumnos. Era una chica con un tono de voz anoréxico pero agudo. Se la conocía en clase por ser la que facilitaba los deberes y cualquier elemento de librería. En su estuche atesoraba bolígrafos de todos los colores, rotuladores –fosforitos-, lapiceros –sacapuntas de distintas medidas- y portaminas –con su arsenal de minas-, pinturas, gomas de borrar para lápiz y boli y típex. Los ‘chulos-guaperas’ eran los principales beneficiarios de su botín. Llevar estuche no estaba bien visto.
-No se lo dejes –le susurraba Eva en plena clase.
-¿Y qué hago? –Preguntaba aún con ese sonrojo que se le encendía junto a su piel anaranjada.
A Julia le gustaba David, el niño bueno y guapo de clase que traía a todas loquitas y al que llamaban ‘Da’. Era un amor imposible. Sin embargo, con trece años el término inverosímil no existe y nada queda fuera del alcance.
-A ti lo que te pasa es que el ‘Da’... –decía Eva con recalcada ironía al decir su apelativo- te moja las braguitas.
-Puta –respondía Julia.
-Es verdad –presionaba con esa sonrisa estudiada frente al espejo para esconder sus braquets.
-¿Qué quieres qué haga? –El enfado y el sonrojo crecía en su rostro, pero en ningún momento dejaba de anotar lo que el profesor garabateaba en la pizarra.
-Deja todo en casa. Tráete un boli, un lápiz y un cuaderno como yo, y listo. ¿Para qué quieres más?
-Lo ves muy fácil… Yo necesito todo esto...
-Te mola, ¿eh? –Fastidiaba de nuevo Eva.
En ese momento de la conversación, Julia siempre se veía salvada por la sombra del profesor, el susurro de algún compañero, o bien introducía la esencia de Iker en la conversación. Era el tercer amigo y el amor que perseguía a Eva desde hacía un año. Sin duda, Julia tenía más que indicios para picar. Este niño sentía por Eva un amor platónico de los que ya son inexistentes. Besaba el suelo que ella pisaba. Consentía todo lo que ella decía, pedía, hacía o mandaba. A Iker se le iluminaba la mirada hasta el deslumbre cada vez que del cuerpo de Eva emergía un sonido, un gesto, una mirada. Le estallaba el corazón en mil pedazos, preso de los nervios, si una caricia suya le peinaba la piel. Vivía enamorado a esa edad en la que el amor no tiene heridas, es irrompible y todo parece para siempre sin resquicio alguno para las dudas. Sin ella, el rostro le envejecería. A  su lado emanaba una alegría de ensueño.
Iker se unió a Eva a través de una modesta estrategia que le obligó primero a aterrizar en el pupitre de Julia. No era del grupo de los chicos extrovertidos que accedían por la puerta directa, levantando la barbilla, exhibiendo sonrisa y mirada para emitir con el cuerpo esa frase que canturreaba “aquí estoy yo, nena”, y en realidad pensaba “¿Dónde estás tú, nena? Me da igual, pero búscame y mírame que soy tu regalo del día”.
Este niño vasco, al que trajeron sus padres a Madrid con tan sólo dos años, siempre necesitaba bordear para llegar al cielo. Utilizó la lectura como excusa. Julia, débil ante el sexo masculino, vio en su aparición una fantasía. Imaginó que aquel chico fuerte de pelo rizado, largo y rubio, y de ojos azul mar del Caribe, sería su primer beso. Pronto despertó devorada por en un gigante NO.
-¿Qué tal está? –Eran esos nimios minutos entre clase y clase- Yo me estoy leyendo la primera parte.
-Si te gustan los vampiros… -Respondió con resignación, al tiempo que apresuraba a enderezarse sobre la silla, atusar el pelo y estirar la blusa.
-¡Me encantan! ¿Y a ti?
-Está… bien.
-¿Cuándo termines me lo dejas?
-Es de Eva –Se excusó señalando a la esquina, junto a la ventana, donde tejía un pequeño gatito de lana.
-¿Ah, sí? –Se sorprendió artificialmente- ¿Le puedes decir que me lo deje?
-Vale –Afirmó con frialdad pero atada a esa sonrisa bobalicona que le usurpaban todos los chicos.
Iker había visto leer el libro a Eva hacía semanas. Iker ya se había leído la trilogía hacía un par de meses. Sin embargo, acercarse el solo a ella por ese motivo literario le aterraba. Lo había intentado en varias ocasiones, pero en todas sentía un imparable y veloz temblor en las rodillas, seguido de un hinchazón en la vejiga y una sequedad en el paladar que le obligaba a tartamudear. Finalmente fue en un recreo. Iker mascaba chicle a un ritmo endemoniado al tiempo que se mordía la yema de los dedos y pataleaba con el pie derecho. Eva sintió curiosidad, puso la calma, la distancia, e hizo valer su extraña madurez. Por su parte, Julia quedó como mera espectadora en una esquina y acabó desapareciendo sin que ninguno supiera el momento exacto. Con el paso del tiempo, la amistad entre ambos creció, pero nada cuajó. Nadie enhebraba lo que sólo uno deseaba. En un año sólo habían tenido dos citas y las dos fueron con la esencia cinéfila como protagonista. Eva había aceptado por la necesidad y el deseo de ver ambas películas. Iker moría por atravesar el muro que le impedía rozar su piel, y en la última proyección, sirviéndose de la oscuridad, se arrojó al vacío. Puso bonitas palabras aduladoras, sonrisas y tímidos acercamientos. No era él, pero ya había sido él mismo y los labios de ella seguían a idéntica distancia; muy lejos. Cuando apenas transcurría la hora de cinta, los dedos de Iker se movieron sutilmente por el posabrazos y cayeron sobre los de Eva. Ella tuvo un espasmo incómodo, como si le azotaran con un látigo, como si le hubieran empujado a otra dimensión. Retiró el brazo clavándole una ciega mirada a Iker y entregó de nuevo sus pupilas a la pantalla. Él ni siquiera vio sus ojos. Quizá por ello el segundo intento llegó minutos después. Levantó el brazo y lo trató de deslizar por detrás de sus hombros con suavidad. Eva percibió el movimiento, alzó el codo con brusquedad, le golpeó en el antebrazo y detuvo su intención. Le escupió una mirada repleta de furia, y una nimia dosis de sorpresa y desagrado. Fueron tres segundos. Nadie se dio cuenta, pero la otra mano, libre, sujetaba con ímpetu una de las agujas que asomaba de su mochila. Acto seguido, regresó a la película. Ninguno volvió a comentar aquello.
Aquel extraño contratiempo no le sirvió a Iker como derrota. Eva era su muro, el que amaba y por el que lucharía. Chocaría todas las veces que fuera necesario. Julia se convirtió en la almohada que amortiguaba los golpes.


Eva, sin haber encontrado aún la manera, quería huir del instituto cada mañana. La necesidad le devoraba cada lunes, cuando tras días de paz volvía a pisar el artificial camino que le llevaba hasta su aula. Para ella, el fin daba  comienzo cuando el autocar frenaba bruscamente y las puertas se abrían empujándole al frío aún nocturno de la calle. El rocío del césped custodiaba su camino, y sus pasos le sumergían entre lo que ella consideraba un rebaño de  adolescentes vacíos pero repletos de hormonas. En los chicos únicamente abundaba alcohol, sexo, ‘playstation’ y el fútbol, aunque esto último no en todos los casos. En las chicas sólo había moda, ellas, su belleza, los chicos y de nuevo ellas. “Son unas petardas que viven en una minúscula burbuja repleta de espejos para verse mejor”, arremetía Eva cada vez que las veía contonearse por en medio de la clase. Enfundadas en idénticas prendas de tiendas como ‘Bershka, Pimkie, H&M, Zara y Pull & Bear’, eran hermanas con una similitud asustadiza. Ésta se agudizaba con un peinado idéntico. Y al aspecto terrorífico había que añadirle el piercing labial que se había puesto de moda y que se clavaba en uno de los lados del bigote. “El día de la grapa vacuna faltamos a clase, ¿no?” Ironizaba con Julia.
Con una de esas chicas Eva había mantenido una pequeña relación de amistad. Fue como ciertos amores, que tras el verano se evaporan por el exceso de calor. El curso había vuelto a arrancar y Almudena, que ahora, sin saber el motivo, se hacía llamar ‘Almu’, había desaparecido. La antigua chica morena de pelo rizado se escondía tras unos considerables pechos para 2º de la ESO, una importante capa de maquillaje, dos aros descomunales para sus orejas y una vestimenta de “furcia discotequera”. Eva no volvió a cruzar la mirada con ella. Habían compartido amistad desde los cinco años, pero ahora, al cruzarse por los pasillos eran completas desconocidas. ‘Almu’ era, sin que Eva supiera cómo, del grupo ‘espejito-espejito’.

Yo siempre quise ser un profesor distante con los alumnos. Jamás me involucraba más allá de mis cincuenta y cinco minutos de clase. Reservaba mi espacio y tiempo a sus clases, y en cuando la campana sonaba, me retiraba sin permitir el acercamiento. Sus palabras torpes e insulsas, su olor corporal y sus miradas vacías me aborrecían. Que Concha me planteara clases particulares de manera excepcional como “gran favor” a una amiga, sólo me atrajo por dinero. “No es de mi curso”, alegué en un principio. “Mejor, ¿no?” Tentó ella. “¿Cuánto?”, acepté.
Dos días después conocí a la madre en la cafetería del instituto. Mayor, pero cuidada. Barnizada con una densa crema, maquillaje y una vestimenta atrevida para su edad. Lo acordamos con rapidez. El resto del café lo dedicamos a hablar de nuestras vidas. Todos los jueves. Sin concretar las horas. “Según necesidades”, apuntilló ella con una débil sonrisa. La madre resultaba simpática, sonriente,  excesiva en las caricias. En apenas diez minutos había llegado a acariciarme el brazo una decena de veces. Se despidió con dos sonoros besos en mis mejillas.
Lo que ocurrió después fue totalmente inesperado. Quizá, la primera gota del diluvio que me atormentaría en el futuro. Yo estaba enfrascado en esa soledad aterradora que almacena un aula vacía después de clase. Ella apareció con una sutileza extrema; como un fantasma. Eva siempre fue un fantasma a la hora de caminar; flotaba. No sé cómo, pero me hizo temblar. Las hojas de mis apuntes se desordenaron. Su suavidad no tintineó sobre el suelo de azulejos. Como una pluma que se desliza por el aire. Y no sé qué fue primero, si su voz, su aroma dulce o su mirada penetrándome desde la distancia.
-¿Eres Marc Parrot?