El asesinato es un asunto de dos. De la persona que asesina y de la que es asesinada. No existe asesinato sin ejecutor ni ejecutado. El crimen perfecto vive en una cumbre de dificultad extrema. Siempre hay flecos deshilachados que dejan rastro, y otros permanecen ocultos en la manga de quien no sabe que perderá la vida. Son sus movimientos inesperados, desconocidos por el homicida, los que desdibujan cualquier estrategia. Las posibles actitudes del rival ante la muerte inesperada son las que dan al traste con la maquinación más sublime y precisa. Asesinar es una partida de a dos. Todo lo planeado puede deshacerse cuando la víctima logra una milésima de tiempo para pensar; actuar. Antes de matar, hay que sospechar cualquier posibilidad del contrario, por absurda que sea. Eva no lo hizo.
La niña de las agujas del número 3 no pensaba en las consecuencias de descender sin frenos por aquella desconocida espiral. La velocidad era excesiva, no llevaba protección y el raciocinio había desaparecido por completo en su primer crimen. Únicamente se valía del corazón, del odio, la ira y la fuerza. En este caso, el odio hacia ‘Almu’ fue de índole diferente, pero tenía que eliminar cualquier fleco que la relacionara con la desaparición de Silvia. Sin embargo, Eva vivió dos contratiempos inesperados. Almudena no fue la chica dócil que esperaba.
Volver a pisar la hierba despeinada, crecida, húmeda y fría, y salpicada de sonoras hojas, ofrecía excesivos escalofríos a Eva. Allí, de pie, sin mover un solo músculo y con la mirada vacía de pensamientos incómodos, se abrigaba tras regresar del desván en el que descansaba eternamente el cuerpo desfigurado de Silvia. El invierno oscuro comenzaba a asentarse en la ciudad con timidez. En la piel agrietada y descolorida de su primera víctima se acentuaban más las bajas temperaturas. Las estalactitas de hielo le crecían firmes a lo largo de su gesto desfigurado y ayudaban a conservar su muerte en buen estado. Su cuerpo seguía allí, inamovible; insensible, y con la sangre seca, dispersa, y mostrando charcos de espanto. No faltaba una sola de las piezas que una vez formaron un solo cuerpo. Eva observaba por inercia, sin aflicción. Bajó la tapa del arcón con fuerza, examinó con detalle las paredes que le rodeaban y salió al exterior.
Eva disfrutaba de dos galletas untadas de mantequilla. Permanecía abrigada con una bufanda que le cubría la barbilla, sentada en el respaldo de un frío banco de madera. El volar del aire afónico le sonrojaba la nariz. El pisoteo metálico del tren se repetía cada escasos minutos. Los coches arrancaban, aceleraban y desaparecían tras el primer cruce. Y Eva seguía quieta, mordisqueando su merienda.
Almudena fue mucho más puntual. Eva no se inmutó cuando creyó divisar su figura. No contempló la posibilidad de que aquel plan podría tomar cuerpo y empujarle con fuerza hacia una espiral con destino tenebroso. Si despertaba a tiempo, tendría que rebuscar la manera de frenar; reducir la velocidad homicida. Aquello había dejado de ser un juego. Nadie resucita de la muerte. El menudo cuerpo de trece años no buceaba en los recuerdos ni en su conciencia. Olvidaba; vaciaba los recuerdos terroríficos de su mente. Ni siquiera se planteaba que caminaba hacia el precipicio que pondría fin al trayecto vital de su amiga de infancia.
Sólo se levantó de su sitio cuando creyó que estaba lo suficientemente cerca. Alzó la mirada para volver a observar a ‘Almu’. Tuvo que pestañear. No venía sola. Hablaba con alguien. La miraba, sonreía e incluso llegaron a rozarse al andar. “¡Joder!”, masculló Eva. Eran dos mujeres, sin duda. Desde el banco miraba de manera intermitente y nerviosa. El pensamiento se le aceleró vertiginosamente. Demasiadas ideas, frases, palabras, pero todas le besaban deshilachadas y huían. Se levantó del respaldo, caminó con la decisión de huir, pero en ese instante, Almudena saludó con el brazo y fijó en sus labios una amplia sonrisa. De pronto, las dos figuras se detuvieron. Aún permanecían lejos. La incertidumbre aterraba a la niña. Sus manos aferraron con fuerza las asas de su mochila naranja. La testigo asesinaba la virginidad de la sospecha, y construir una alternativa no era fácil. Habría que suspender cualquier idea. Eva lo creyó así, y sin permitirse un pensamiento más huyó del encuentro.
Aquellos pasos esquivos bajo el frío crepúsculo de noviembre le parecieron eternos; pesados; imposibles de acelerar. Eran días caminando apenas unos metros; segundos. La voz sonó violenta a su espalda. Almudena desgañitaba su garganta ahogada. Su nombre era un eco siniestro con una pronunciación descuartizada por el frenillo piercing de la lengua. Eva se detuvo al tercer latigazo nominal. Miró atrás y observó como ‘Almu’ casi corría hacia ella. La niña quiso matarla allí mismo, atravesarle la nuez con sus agujas, pero se contuvo. Tampoco medió palabra. Almudena, exhausta, se detuvo levemente. La respiración le abofeteaba. Se recolocó el flequillo, se estiró la ropa y sonrió hacia la derecha.
-¿Quién coño era? –Clamó sin elevar en exceso la voz.
Almudena frunció el ceño, alzó los brazos con las palmas hacia arriba, como si éstas sujetaran dos bandejas, y encogió los hombros. Eva odió ese gesto. Digirió un pequeño escalofrío, pero no pudo evitar la arcada y vomitó un impulso repleto de odio. Aquella chica ya no era la niña que una vez le rescató del barro y le lavó las heridas de la rodilla. Aquella chica ya no era la que cada tarde le llamaba al timbre del portal para que bajara a jugar a la goma. Aquella chica no era la chica que le contó por primera vez su primer beso, justo antes de que el verano llegara y liquidara su amistad. ‘Almu’ era ahora una ‘espejito-espejito’. Y al final, Eva no pudo evitar la contención. Dio un paso firme hacia adelante y la tensión retenida empujó con fuerza a su cuerpo rival.
-¡Eres una zorra estúpida! ¿Lo sabes? ¡Una zorra estúpida! –Repitió alterada.
El enfrentamiento se difuminó. La mochila con sus dos agujas como rayos de luz, y la menuda niña, volvieron a caminar calle arriba. Almudena no pudo articular una sola palabra. Únicamente la vio alejarse.
La distancia entre ambas no llegó a ser eterna. Ocurrió lo contrario. Desapareció de nuevo por completo. Los aros de Almudena bailaron bajo sus lóbulos desbocados, los tacones caminaron inestables y el insulto escocía como si un gusano venenoso se retorciera por la herida abierta. La persecución fue brutal; un reto obligado. Y lo consiguió.
Las pequeñas manos no llegaron a tiempo. Huyendo del frío, no salieron de sus vaqueros. Los labios se le desdibujaron aterrados cuando un envite aterrizó de improviso en su espalda. Sus ojos se abrieron presos del pánico y la acera creció hasta emborronarse. La palabra zorra golpeaba al aire una y otra vez. En su labio y nariz irrumpió una quemazón horrible. Le nacía sin anestesia un enérgico dolor en la piel. Y por el interior de su nariz fluía un pequeño hilo de sangre. Las lágrimas también despertaron. Apelotonadas en los párpados deseaban explotar en mil pedazos. Los zapatos de ‘Almu’ aparecieron a la altura de sus pupilas. Cada segundo más arrepentida, pero su cerebro le pedía paciencia una y otra vez.
Cuando Eva se puso de pie, el rostro de Almudena se acobardó. La sangre que tenía en su labio superior no era el resultado que ella esperaba. Eva extrajo un pañuelo de papel de la mochila. Le temblaba la mano, y con cuidado y lentitud, se limpió.
-Lo siento, no era mi intención…
Eva quiso asesinarla allí mismo. Quiso que sus agujas le desgarraran la piel milímetro a milímetro hasta que sólo quedaran a la vista sus músculos, tendones y venas. Las uñas habían dibujado pequeñas medias lunas en la palma de sus manos. Miro a izquierda y derecha. Sólo viento, soledad y hojas inquietas. Finalmente, tras sentir un ofensivo dolor en el labio, musitó.
-No debí llamarte zorra. –La rabia le ardía las entrañas- Silvia estará esperando, vamos.
Almudena no dijo una sola palabra más. Avergonzada por la herida abierta, siguió la estela de Eva a escasos dos metros. Cabizbaja, quiso volver a pedirle perdón, abrazarla, besarla, curarle la herida día a tras día, pero no dijo nada. Nadie dijo una sola palabra. El camino se hizo largo, denso y frío. Cuando la puerta metálica creció ante ellas, la niña extrajo unas llaves de la mochila. Abrió el candado y empujó con fuerza. Parecía pesar toneladas. La hierba, sometida, denotaba que había habido un movimiento reciente.
-¿Es aquí? –Preguntó Almudena dudando entrar-. ¿De quién es esta casa?
-Se paciente –abrevió Eva, que sonrió su boca herida e invitó a pasar.
Bajar las mismas escaleras que recientemente había ascendido en soledad, satisfecha y tranquila, le resultó paradójico. Ahora las descendía nerviosa, con el enojo congelado en su corazón y sin un plan concreto. Sólo quería que su ira actuara. No iba a permitir que sus ideas más cerebrales tomaran parte en aquel combate.
-¿Qué es esto? –Volvió a insistir ‘Almu’, esta vez tomando distancia y dubitativa.
-El desván –resumió la niña.
-¿Está ahí abajo Silvia? –Preguntó desde lo alto de la escalera
No hubo respuesta. Cuando llegó abajo, encendió una menuda luz que tomó fuerza muy poco a poco y se desenfundó la mochila. Decidió sentarse en el suelo, cruzar las piernas, y extraer sus luminosas agujas y un pequeño ovillo de lana negra. Cuando las piernas de ‘Almu’ aparecieron por el pasillo, Eva giró la mirada levemente, sonrió, notó que uno de sus braquets podría estar suelto y se lamió las encías. Acto seguido extrajo un ovillo verde.
-¿Qué haces? –La chica ‘espejito-espejito’ caminaba temblorosa, ridículamente nerviosa. Se subió la cremallera de su cazadora hasta la barbilla y dio dos pasos más hasta que pudo colocarte frente a Eva- ¿Dónde está Silvia?
-Busca.
-¿Qué?
-¡Qué la busques, joder! –La orden la arrojó sin levantar la vista; sin pestañear; sin un mínimo gesto.
-¿Es un juego? –Inquirió con tono vacilante.
-Tal vez…
Eva continuó absorta en su tejido. Oyó murmurar, pero no escuchó. La oyó caminar, pero lo ignoró. La paz bebía a tragos largos la ira que le pellizcaba en el labio cada tres segundos. Mientras, hilaba un menudo triángulo negro que, sin duda, pronto tendría forma de zapato. Almudena se quedó observando aquel habitáculo, todavía tenue. Iba a aceptar el juego pese a lo extraño del mismo. No veía a Silvia organizándolo, pero quería llegar al final de aquel inexplicable acertijo.
El desván se disfrazaba repleto de herramientas. La mayoría dormían colgadas en las paredes. Había sierras de infinidad de tamaños, azadas, palas y rastrillos, escobas y varios cubos metálicos de gran tamaño. También había una guadaña en una de las esquinas. En una de las paredes había un pequeño corta césped y también una manguera estrangulada y dominada por densas telarañas. Vio varias cajas apiladas sobre estanterías de madera, una de ellas, seguro que llena herramientas. Divisó pequeñas cajas de zapatos en una esquina lóbrega, y junto a ellas, un pequeño motor que no supo su utilidad.
-¿Está aquí?
Eva no respondió. Sus muñecas habían logrado desentumecerse del frío y maniobraban a gran velocidad. El hilo subía y bajaba en pequeños círculos y pasaba de ser un mero fleco huérfano a convertirse en un pequeño lazo hermanado que germinaba aquel zapato de lana. Almudena rompió el silencio con un “¡No puede ser!”. Miró a Eva, pero al ver su abstracción no quiso acercarse. No sabía cómo actuar. Dudó si irse. Estuvo a punto, pero entonces comprendió que el único lugar en el que Silvia podía esconderse era en uno de los cuatro arcones que había al fondo. Le parecía absurdo, una verdadera gilipollez esconderse allí para darle una sorpresa, pero quizá aquel juego, teniendo como protagonista a la ‘pinchitos’ podría ser.
-Sois imbéciles –Le dijo ‘Almu’ con una mirada victoriosa-. ¿Me escuchas?
Eva siguió sin inmutarse. El primer zapato aparecía perdido entre sus piernas. El segundo comenzaba a tomar vida. Almudena apretó la mandíbula, entrecerró los ojos y volvió a susurrar algún insulto mientras se acercaba con decisión a los arcones, donde la sombra se hacía fuerte.
-Está aquí, ¿verdad? –Insistió posando el brazo sobre el primer arcón- ¡Silvia…! ¡Te voy a encontrar…!
La tapa del primer arcón estaba pegada, pero ‘Almu’ puedo levantarla con fuerza. No había frío, sólo oscuridad y polvo. Tosió y la dejó caer. Se alejó siguió tosiendo y volvió a mirar a Eva, que a lo lejos había soltado el segundo zapato y tejía ahora con el ovillo verde.
-¡Estáis como una puta cabra, joder!
Almudena no vio que el segundo arcón estuviera encendido. Tampoco detectó el calor que desprendía. Jamás hubiera imaginado encontrar lo que había en el interior. Fue como una cuchillada por la espalda que sorprende al corazón y no puede seguir latiendo. Como un palo que se cruza por los radios de una bicicleta y accidentan el rodar sosegado. Levantar aquella puerta, sentir que el vaho del frío le castigaba la nariz, y que tras disiparse la neblina, la imagen de Silvia yacía allí, tal como imaginaba, pero no tal como creía, le detuvo la respiración. La mandíbula se le descolgó de la cara y emitió un desgañitado grito afónico. Eva sufrió una sacudida al instante, como su fuera el eco de su voz. Sus agujas se detuvieron, enfrentadas, besándose punta con punta, luciendo ante la vacía mirada oscura de la niña. El cuerpo menudo de su amiga de infancia había levantado la tapa del arcón hasta la pared. No movía un músculo. Únicamente observaba la realidad de aquella muerte inesperada. Analizaba con detalle el desfigurado y descosido y desordenado cuerpo de la amiga que le había enseñado a fumar un pitillo. Una lágrima se le derramó por la mejilla. Tras ella, un temblor se le disparó en las piernas. El estómago se le anudó con fuerza y una náusea llamó a su cerebro. Otra, y otra más. Gimió y empezó a sollozar con suspiros entrecortados, esperando despertar de aquel sueño. Quería una respuesta pero no quería preguntar. Deseaba unas palabras pero no podía emitir sonido. En ese instante, cuando tampoco lograba quitar sus ojos del cadáver y tenía decidido retomar la vista atrás, Eva le respiró en el cogote. Ambas, sin mirarse, supieron de su presencia; tan próxima. La aguja plateada de su mano derecha estaba en lo alto, a escasos centímetros del cabello de Almudena. Su menuda mano la agarraba con tanta fuerza, que cuando explotara la ira retenida, sabía que tardaría en detener la frenética acción. Sin embargo, cuando la sangre tenía que empezar a salpicarle en la cara y el dolor emitir sus aullidos más insoportables, el imprevisto tomó protagonismo y ‘Almu’ jugó sus cartas. El relejo blanquecino del arcón desveló las intenciones de Eva.
La punta no llegó a hundirse en la piel de su amiga. El segundo cadáver esquivó el primer ataque. Eva hirió al aire; al vacío, porque en el preciso instante en el que la nuca iba a sufrir la primera incisión, los pies de Almudena quebraron su posición. Eva volvió a tropezar con la nada.


